Guerra y poder en la nueva China imperial

Inmersa en una ola nacionalista, la superpotencia asiática encara los obstáculos geoestratégicos de su camino hacia la hegemonía en medio de tensiones con Occidente

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Los últimos 40 años han sido historias de éxito y desarrollo para la China imperial. El gigante asiático se ha convertido en la fábrica del mundo, ha aterrizado un róver en Marte, construye las mayores obras públicas del planeta, cuenta con un Ejército de casi tres millones de soldados y organiza Juegos Olímpicos. Considerada la única fuerza que puede hacerle sombra a Occidente, su crecimiento avanza a un ritmo implacable y en 2028 desbancará a Estados Unidos como primera economía mundial. Con el presidente Xi Jinping al mando del Partido Comunista de China, único en el poder desde la fundación del país en 1949, la superpotencia oriental ha desatado una ola de nacionalismo que permea en sus más de 1.400 millones de habitantes, al tiempo que teje sus cada vez más largos hilos de influencia, aviva su asertividad internacional y exige que su voz sea escuchada como se merece.

Ante una futura hegemonía china que se vislumbra inexorable, las preguntas sobre qué significará su superioridad para el resto de los países se repiten cada vez más alrededor del globo. Sin embargo, en su camino hacia el liderazgo mundial, la República Popular China todavía tiene por delante una serie de obstáculos y fisuras geoestratégicas que le complican expandir sus redes de poder, dominar la soberanía territorial de la nación y orientar en su favor el polo del comercio internacional: conflictos fronterizos, disputas marítimas, movimientos secesionistas, guerras frías y puntos calientes que podrían prender la chispa que desate una Gran Guerra en el siglo XXI.

Las redes de poder de China

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China es una potencia con unas relaciones de vecindad muy complicadas. A lo largo de su historia milenaria ha librado guerras con casi todos sus vecinos, especialmente con Mongolia, Rusia, Corea y Japón. Mantener el control de sus confines resulta difícil: limita por tierra con 14 países a lo largo de 22.000 kilómetros, el que más fronteras del mundo tiene junto con Rusia; y comparte línea marítima con otros siete.

China ha mantenido disputas territoriales con distintos países, muchas de las cuales lograron resolverse en 1991, cuando firmó un tratado de demarcación con la URSS. Sin embargo, el acuerdo se quedó en el aire con el fin de la Guerra Fría y la disolución de la potencia soviética, por lo que se tuvieron que renegociar los términos con la Federación Rusa para evitar nuevos problemas. “Al romperse la URSS, China se encontró con que ya no tenía frontera con un país, sino con un montón. Todos ellos musulmanes, distintos de China y que le crean un desconcierto, porque tienen una mentalidad distinta a la china”, explica la vicepresidenta del think tank Cátedra China, Georgina Higueras, quien también fue delegada de EFE en China y enviada especial de El País en Asia durante 25 años.

“La principal prioridad de China es mantener todo lo que le sirva para desarrollar el país y sus redes de influencia”
Jesús Centeno

Los objetivos primordiales de China son el desarrollo, la estabilidad y la armonía del país, para los que necesita tejer redes de poder y protegerlas con herramientas políticas, diplomáticas, comerciales e incluso militares. “La principal prioridad de China es mantener todo lo que le sirva para desarrollar el país y sus redes de influencia. Todos los lugares en los cuales China tiene intereses, sean de seguridad, sean comerciales o sean de otra índole. Lo que vea que es un desafío a lo que ellos proponen, entonces ahí es donde empiezan los problemas”, sostiene el periodista Jesús Centeno, corresponsal de la Agencia EFE en Pekín, donde vive desde hace ocho años.

Una de esas redes de influencia se encuentra en el plano de la seguridad regional. Para sellar sus fronteras, el gigante asiático fundó en 1996 el Grupo de los Cinco de Shanghái, una organización semimilitar con Rusia y otras ex repúblicas soviéticas, que en 2001 se convirtió en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). A través de esta alianza, China busca garantizar la seguridad de la región frente a amenazas terroristas y separatistas. “China quiere tener socios. Socios estratégicos, buenos socios, socios especiales. Todos los países que tienen frontera con China en Asia Central están en la OCS. Y todos ellos tienen una relación estratégica especial con China”, recalca Higueras. En 2016 ingresaron en la OCS dos potencias regionales enemistadas, Pakistán e India, esta última que, además, mantiene un conflicto fronterizo con China en el valle de Cachemira, en el Himalaya.

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• Mapa satelital de la República Popular China. | Google Earth
• Frontera entre China y Pakistán en el paso de Khunjerab. | Wikimedia Commons/Irfan karim

Disputas en el mar de la China Meridional

El mar de la China Meridional, también llamado mar del Sur de China, es la puerta al Océano Índico. Esta entrada supone el acceso a más del 60% de la exportación e importación marítimas de la superpotencia oriental. China se ha convertido en la fábrica del mundo y buena parte de ello se debe a este mar, por donde transita un tercio del comercio internacional. “El mar del Sur de China es tan importante para China y los países del entorno como para nosotros el mar Mediterráneo. Es el Mediterráneo de Asia”, subraya Higueras.

China es una potencia que no destaca por tener materias primas, por lo que necesita importarlas. Un gran número de ellas proviene de la red de suministro que ha tejido con países del África negra, muchos de los cuales ahora dependen económicamente del gigante asiático, porque le exportan minerales y alimentos a través del Golfo Pérsico. El mar de la China Meridional también resulta fundamental para las conexiones con Europa desde los tiempos de la antigua Ruta de las Especias y, además, contiene caladeros de pesca importantes y recursos naturales como bolsas de gas.

“China se está apropiando de mar que queda a más de 1.000 kilómetros de la isla de Hainan, el punto terrestre más sureño del país”
Zigor Aldama

La práctica totalidad del tráfico entre el océano Pacífico y el Índico se efectúa a través del estrecho de Malaca, uno de los corredores marítimos más angostos del planeta. “Es muy fácil bloquear ese estrecho. Eso impediría la llegada a China de petróleo, de gas y de otros materiales que necesita. Ya lo hizo EEUU en la Segunda Guerra Mundial, cuando bloqueó a Japón”, recuerda Higueras.

Para evitar un bloqueo y asegurarse una vía de distribución en caso de conflicto armado, China ha convertido a Pakistán, firme aliado desde la partición del Indostán en 1947 y a quien apoya en sus conflictos con India, en una nueva ruta básica para la superpotencia. Desde allí se está trazando el Corredor Económico Chino-Pakistaní (CPEC), una red de autopistas y vías ferroviarias que conectará el puerto pakistaní de Gwadar con la ciudad china de Kashgar, en la región de Xinjiang.

Evolución del arrecife artificial de Fiery Cross. | Google Earth

El mar del Sur de China es una de las zonas más disputadas del mundo debido a su importancia geoestratégica. Y se ha vuelto un problema para China, que reivindica cerca del 80% de las aguas dentro de su conocida línea de los nueve puntos –que incluso ha demarcado creando islas artificiales– frente a Vietnam, Taiwán, Filipinas, Brunéi y Malasia. “China se está apropiando de mar que queda a más de 1.000 kilómetros de la isla de Hainan, el punto terrestre más sureño del país. Es una reclamación de un territorio marítimo que al final le pone en conflicto con muchos de los países del sudeste asiático”, subraya el periodista Zigor Aldama, quien fue corresponsal en China durante 21 años para medios como El País, Forbes o South China Morning Post.

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• Mapa del conflicto territorial del mar del Sur de China. | Google Earth/Elaboración propia
• Isla Woody, una de las islas Paracelso ocupadas por China, en abril de 2016. | Google Earth

La Nueva Ruta de la Seda

Con la llegada al poder de Xi Jinping en 2013, China anunció un megaproyecto de dimensiones descomunales que constituiría un salto cualitativo colosal en su red de poder comercial: la Nueva Ruta de la Seda, también conocida como la Iniciativa de la Franja y la Ruta. “Es el gran plan de Xi Jinping para vertebrar el mundo de una forma alternativa a la de los poderes tradicionales occidentales”, resume Aldama.

A través de esta iniciativa, la potencia asiática pretende invertir en cerca de 140 países y organizaciones internacionales para formar un conjunto de enlaces marítimos y ferroviarios entre China y Europa para 2049, año del centenario de la fundación de la República Popular China. La Nueva Ruta de la Seda es una de las líneas maestras del programa de Xi Jinping y su consecución supone un objetivo tan importante para el Gobierno que en 2017 fue incorporada a la Constitución del Partido Comunista de China.

“Es el gran plan de Xi Jinping para vertebrar el mundo de una forma alternativa a la de los poderes tradicionales occidentales”
Zigor Aldama

“Es un gran plan que ha tenido mucho éxito, porque trata de dar voz a los países que generalmente han estado subyugados a los poderes tradicionales occidentales y que, por lo tanto, ven a través de este plan económico la posibilidad de desarrollarse siguiendo un poco el camino de China. Y eso es algo muy atractivo para todos estos países que están en vías de desarrollo”, explica Aldama.

Lo es igualmente para los países del primer mundo, porque establece una nueva vía para llegar a mercados hasta ahora menos accesibles. También es una estrategia para evitar todo lo posible el estrecho de Malaca y habilitar otras rutas que garanticen que, en caso de conflicto bélico, China pueda seguir teniendo acceso al crudo y al gas.

“Por un lado, está la zanahoria que supone el desarrollo económico. Por otro lado, está el palo del sistema político y de esa asertividad acrecentada en los últimos tiempos”
Zigor Aldama

No obstante, la iniciativa ha hecho sonar alarmas. Sus detractores, entre los que se encuentran EEUU, Japón y Australia, avisan de que se trata de un plan para establecer una red de comercio internacional sinocéntrica. “El problema que va a tener China es ir construyendo todo eso sin que levante sospechas, porque muchas de estas inversiones se han criticado que pueden ser trampas de deuda”, advierte Centeno.

“Con China las relaciones tienen una dualidad. Es un poco Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Por un lado, está la zanahoria que supone el desarrollo económico. Por otro lado, está el palo del sistema político y de esa asertividad acrecentada en los últimos tiempos. Ese miedo a que termine convirtiéndose en un poder que, sin ser imperialista al estilo occidental, sí expansionista, vaya expandiendo su influencia política a través de la influencia económica”, acentúa Aldama.

Además de tejer sus redes de poder, una de las prioridades de China es el control de todo lo que considera parte de su soberanía. Aquello que perciba como un peligro para su integridad territorial va a ser siempre su preocupación principal. “China, como país, tiene una visión muy westfaliana de la soberanía. Lo considera un derecho sacrosanto. Su prioridad va a ser mantener las amenazas a raya y la soberanía intacta de todo lo que tenga que ver con China en su propia extensión”, asegura Centeno. Entre sus distintos conflictos internos, destaca una serie de territorios que le generan escollos geoestratégicos a la superpotencia asiática.

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• Mapa de la proyección de la Nueva Ruta de la Seda. | Google Earth/Elaboración propia
• Buque portacontenedores chino en el puerto de Los Ángeles, EEUU. | Flickr/Corey Seeman

Soberanía y geoestrategia

©Imagen: Mixkit

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Taiwán

Taiwán es una isla que se encuentra frente a las costas de China continental. Ambos territorios se encuentran separados por el estrecho de Taiwán. Al sur de la isla está el mar de la China Meridional, mientras que la costa oriental está bañada por el océano Pacífico. Taiwán ha formado parte históricamente de China y su población es principalmente de etnia han, la mayoritaria en el continente.

Con el triunfo de la revolución comunista de Mao Tse-Tung en 1949, el Gobierno depuesto logró recluirse en Taiwán y defender su posición. Desde entonces, es un Estado parcialmente reconocido con un Ejecutivo autónomo al de Pekín. Su nombre oficial es la República de China, en oposición a la República Popular China. Pekín considera la isla como una provincia rebelde que le pertenece, de la misma forma que Taipéi no reconoce al Gobierno comunista como el legítimo de toda China y reivindica a su vez el resto del continente.

“Es muy fácil bloquear a China si se lo proponen Japón y Taiwán, junto con EEUU”
Georgina Higueras

Controlar Taiwán tiene una importancia geoestratégica muy grande para China, porque le otorgaría el acceso libre al Pacífico. La isla supone un obstáculo para la potencia, que tiene dificultades para que su flota navegue sobre el océano. Y eso se convertiría en un problema grave en caso de batalla naval. “Es muy fácil bloquear a China si se lo proponen Japón y Taiwán, junto con EEUU. Entonces, incluir de forma total a Taiwán dentro de la soberanía de China hace que esta tenga libertad total para acceder al Pacífico. Y eso sería un reto militar para EEUU”, argumenta Higueras.

La superpotencia norteamericana tiene una gran presencia en la región, con cerca de 86.000 soldados desplegados entre las tres bases militares de Guam, las 15 de Corea del Sur y las 23 de Japón. El Pacífico es una zona inestable y, en este sentido, Taiwán constituye una baza para EEUU. “El problema geoestratégico vendría de la relación que Taiwán tiene con EEUU. De cómo Taiwán puede ser una atalaya para EEUU”, apunta Aldama.

Además de los motivos geoestratégicos, existen intereses económicos por controlar la isla. Taiwán casi triplicó en 2020 el PIB per cápita de su vecina continental –24.800 euros frente a los 9.200 de China– y ha sido uno de los llamados cuatro tigres asiáticos, junto con Corea del Sur, Hong Kong y Singapur, un término que hace referencia a las economías que experimentaron un crecimiento extraordinario durante la segunda mitad del siglo XX. Si China obtuviera el control sobre la isla, podría adueñarse de su producción de tecnología, una de las más importantes del mundo.

“No se sabe tampoco muy bien qué puede pasar allí. Se montaría un escándalo en una posible invasión de Taiwán”
Jesús Centeno

Gobernar sobre Taiwán es un objetivo de futuro para China. Su Carta Magna establece que la isla es parte inalienable de su territorio y que su recuperación podría efectuarse incluso por la fuerza. Sin embargo, las perspectivas de que esto ocurra son negras y extraordinariamente peligrosas, porque podría desatar una guerra abierta con su superpotencia rival norteamericana. Aunque EEUU mantenga relaciones diplomáticas con la República Popular China desde 1979, juega con una cierta ambigüedad con Taiwán. El principio de una sola China obliga a cualquier Estado que quiera tener relaciones con Pekín a no reconocer a Taipéi. Pero EEUU, aunque haya tenido que romper lazos diplomáticos con la isla, tiene un acuerdo con ella, el Acta de Relaciones con Taiwán, por el que la superpotencia americana la ayudaría a “defenderse de sí misma” en el caso de que China tratara de invadirla.

Por tanto, la República Popular considera a Taiwán como parte indivisible de su territorio, pero se encuentra con la traba militar de EEUU. “No se sabe tampoco muy bien qué puede pasar allí. Se montaría un escándalo en una posible invasión de Taiwán. Tendría unas consecuencias militares, de imagen y de políticas económicas que tampoco le interesa a China ahora mismo. Por eso es un encaje muy difícil y no hay una solución buena. La solución menos mala es la que hay ahora. Veremos qué pasa”, afirma Centeno.

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• Mapa satelital de Taiwán. | Google Earth
• Paisaje urbano de la ciudad de Taipéi, República de China. | Flickr/waychen_c

Tíbet

El Tíbet es un territorio situado al noreste del Himalaya que conforma la región más alta de la Tierra. Tras la Revolución de Xinhai contra la dinastía Qing en 1912 y el fin del sistema de imperios, el Tíbet declaró su independencia y formó su propio reino autónomo, una monarquía absoluta dirigida por el Dalai Lama, máximo líder espiritual del budismo tibetano, que se mantuvo hasta que la China de Mao la invadió en 1951 para incorporarla a su territorio. Desde entonces, es una de las cinco regiones autónomas de la República Popular, que vive tensiones por su estatus político y con grupos de disidentes tibetanos activos en el exilio.

El Tíbet limita con India, un gigante regional con el que China mantiene relaciones tensas y disputas territoriales

El Tíbet es un punto de gran importancia geoestratégica para China, porque le concede acceso a Asia Central y a recursos naturales, notablemente minerales. Es su puerta de entrada montañosa al subcontinente indio y a todos los países de la esfera: India, Bután, Nepal y Myanmar. “Tíbet tiene frontera con India y con Nepal, que es un Estado que está justo en medio y que China está tratando de llevar a su esfera de influencia, a pesar de que ha sido tradicionalmente más de la esfera india”, explica Aldama.

Para China, el Tíbet también representa un muro natural para su seguridad nacional por los ríos de la cordillera del Himalaya y la zona del Glaciar de Siachen. Esto es importante para el país, teniendo en cuenta que limita con India, un gigante regional con el que mantiene relaciones tensas y disputas territoriales. Posee la bomba atómica y un acuerdo bilateral de cooperación nuclear con EEUU, junto con quien forma parte del Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad), una alianza militar que integran también Australia y Japón y que es considerada un germen de la OTAN en el Índico-Pacífico. Para la superpotencia asiática, el Tíbet es un elemento de geoestrategia que le permite tener cierto control frente a su vecino.

China e India libraron una guerra en 1962 por el control de Aksai Chin y de Arunachal Pradesh

Las dos potencias mantienen una relación muy difícil principalmente por sus disputas fronterizas. En el valle de Cachemira, que reclaman tanto India como Pakistán, se encuentra la región de Aksai Chin, administrada por China. El Gobierno de Nueva Delhi defiende que está ilegalmente ocupada por la República Popular. En cambio, Islamabad, aliada de Pekín, la muestra en sus mapas como una zona integrada dentro de China y cataloga sus límites como “frontera no definida”.

También está en disputa gran parte de la región de Arunachal Pradesh, administrada por India, que China reclama por considerarla parte del Tíbet. Ambas potencias libraron una guerra en 1962 por el control de estos dos territorios y se han enfrentado en varias escaramuzas, como la que tuvo lugar en mayo de 2020 en Aksai Chin.

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• Mapa de la Región Autónoma del Tíbet y de los territorios disputados por India, Pakistán y China. | Google Earth/Elaboración propia
• Monje lamaísta en la ciudad de Lhasa, región del Tíbet. | Pixabay/smokefish

Xinjiang

Xinjiang, también llamada Sinkiang, es otra región autónoma de la República Popular, ubicada en su extremo noroeste, y es la división a nivel de provincia más grande de China, seguida del Tíbet. Juntas representan un tercio del territorio nacional. En contraste con las altamente densas ciudades del litoral chino, Xinjiang es un territorio rural con relativamente escasos habitantes. De sus 25,8 millones de personas, el 44,9% son de etnia uigur, de religión musulmana, frente al 42,2% de chinos han.

La región es una pieza fundamental de las nuevas rutas comerciales del país. Es un lugar de paso clave del gas de Asia Central, proveniente principalmente de Turkmenistán, que circula a través de un descomunal tendido de gasoductos que conectan Xinjiang con el este de China. La región limita con Rusia, India, Pakistán, Afganistán, Mongolia, Kirguistán, Tayikistán y Kazajistán. También es una de las pocas zonas de China ricas en recursos energéticos, principalmente en combustibles fósiles.

Xinjiang es una zona conflictiva para Pekín que ha tenido históricamente un fuerte movimiento independentista uigur

Para la superpotencia, Xinjiang desempeña un papel clave para el desarrollo de la China del siglo XXI. En los últimos años, Pekín ha puesto en marcha diversos planes de desarrollo para tratar de integrar la región en el país, como el tren de alta velocidad que conecta la ciudad de Urumqi con el grueso de China. “En la época de la dinastía Tang (618 d.C.–907 d.C) , una de las grandes épocas de esplendor de China, Xinjiang era importantísimo para la Ruta de la Seda, porque era la vía que conectaba con Europa. ¿Qué hacen ahora? Simplemente volver a la historia y, a través de la Nueva Ruta de la Seda, conseguir que Xinjiang y la provincia de Gansu, que también es bastante pobre, mejoren su nivel de vida y se conviertan en grandes centros logísticos”, explica Higueras.

Sin embargo, Xinjiang es una zona conflictiva para Pekín que ha tenido históricamente un fuerte movimiento independentista uigur. En medio del caos generado tras la caída del imperio chino en 1912, llegó incluso a proclamarse una República del Turkestán Oriental independiente en dos tentativas, la primera entre 1933 y 1934, y la segunda entre 1944 y 1949. Igual que ocurrió con el Reino del Tíbet, el Estado fue abolido con la entrada del Ejército Popular de Liberación de Mao. Desde entonces, China ha fomentado la emigración de hanes para poblar zonas deshabitadas en el noroeste de Xinjiang y mezclarse con las minorías nacionales. Los independentistas uigures acusan a Pekín de querer asimilar la población autóctona con flujos migratorios masivos y con represión sobre su identidad cultural y religión.

China pactó con una delegación de talibanes poco antes de que sus milicias tomaran el poder en Afganistán para evitar que el país se convierta en un semillero de terroristas uigures

Los enfrentamientos con las autoridades han sido recurrentes en Xinjiang, muchas veces por la vía de atentados que han dejado saldos de centenares de muertos. China incluso vincula algunos grupos independentistas uigures con la organización terrorista Al Qaeda. Hoy, el Partido Comunista de China mantiene un férreo control sobre Xinjiang con campos de reeducación, controles biométricos y campañas de propaganda. China lo considera necesario para asegurar su seguridad nacional y para evitar que los atentados dañen sus rutas comerciales con Asia Central.

Además, el pasado julio, la superpotencia pactó con una delegación de talibanes poco antes de que sus milicias tomaran el poder en Afganistán para evitar que el país se convierta en un semillero de terroristas uigures que aprovechen la inestabilidad para refugiarse y preparar atentados en Xinjiang, como ya ocurrió hace dos décadas. Este acercamiento de Pekín con los talibanes podría también abrirle las puertas a integrar Kabul en la Nueva Ruta de la Seda.

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• Mapa satelital de la Región Autónoma Uigur de Xinjiang. | Google Earth
• Músicos uigures en la ciudad de Yarkand, región de Xinjiang. | Flickr/travelingmipo

El nacionalismo chino

©Imagen: Mixkit

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China cada día es más nacionalista. El desarrollo económico vertiginoso del gigante asiático y su poder geopolítico ascendente se acompañan de un auge de sentimientos de orgullo patriótico, de pertenencia a la identidad china y de respaldo a las políticas del Partido Comunista en el país más poblado del mundo. Los últimos años de éxito en la superpotencia han avivado la llama de un nacionalismo que está encontrando su apogeo con el liderazgo del presidente Xi Jinping.

“Es un nacionalismo con esteroides, elevado a la máxima potencia, precisamente porque China no es un país de unas dimensiones de las que estamos acostumbrados el resto de los países. Es un país de dimensiones prácticamente continentales, con una población también prácticamente de nivel continental y, efectivamente, es una civilización. Por lo cual el nacionalismo chino es un hipernacionalismo”, argumenta la historiadora Mariola Moncada, doctora en Historia Contemporánea China por la Universidad de Fudan, en Shanghái.

“Es un nacionalismo con esteroides, elevado a la máxima potencia, precisamente porque China no es un país de unas dimensiones de las que estamos acostumbrados el resto de los países”
Mariola Moncada

Resulta complicado prever qué consecuencias tendrá para la comunidad internacional que una superpotencia emergente sea cada vez más nacionalista. Existe todo un debate acerca de si su crecimiento desmedido, combinado con un nacionalismo exacerbante, se traducirá en una China con ambiciones imperialistas poco dispuesta al diálogo para cumplir sus intereses y reclamos. No obstante, dilucidar las intenciones de China y sus planes de futuro resulta difícil si no se indaga en las raíces de su nacionalismo. “El nacionalismo chino se asienta sobre una realidad muy fuerte, que es la identidad china”, apunta Moncada. Por ello, para intentar entrever los horizontes de un mundo bajo la hegemonía china, merece la pena acercarse a su punto de vista y tratar de comprender los elementos que conforman esa identidad china.

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• Estatua del fundador de la República Popular China, Mao Tse-Tung, en la ciudad de Changsha, provincia de Hunan. | Flickr/HKmPUA
• Desfile del Ejército Popular de Liberación en la plaza de Tiananmén, Pekín, con motivo del Día de la Victoria de 2015. | Flickr/Gobierno de Sudáfrica

Cohesión milenaria y espíritu de colectivo

Aunque los orígenes de China se remontan a hace más de 5.000 años, el arranque de su civilización, como entidad cultural, se sitúa en el primer milenio a.C. “La dinastía Zhou (1046 a.C.–256 a.C), la desmembración de ese imperio y la época de los Reinos Combatientes (475 a.C.–221 a.C), que es cuando cristalizan las grandes doctrinas políticas y sociales de China”, explica Moncada.

Como entidad política, empieza con la dinastía Han (206 a.C.–220 d.C), que consolidó la unificación de China iniciada por la efímera dinastía Qin (221 a.C.–206 a.C.), el primer imperio chino, aunque las fronteras del país se expanden y se contraen a lo largo de todos los gobiernos. “En la dinastía Han hay una gran cohesión de un tema importantísimo: la escritura, la lengua, los caracteres. Y eso va a ser el vehículo cultural, político, económico y administrativo de China”, añade Moncada.

“No estamos acostumbrados a diferenciar, porque hay esa idea de familia”
Luo Huiling

Desde entonces, la homogeneización de su extenso territorio y la mezcla de su población multiétnica ha ido sedimentando durante siglos un espíritu colectivo que aún prevalece. “Esta característica colectiva, de equipo, tiene que ver con que a lo largo de la historia de China siempre ha habido una coexistencia étnica. Se va cambiando la frontera y también se mezclan los grupos étnicos. Por eso estamos muy acostumbrados a una mezcla. De ahí ese colectivo. No estamos acostumbrados a diferenciar, porque hay esa idea de familia. La familia, en un contexto nacional, es el país”, explica la historiadora Luo Huiling, doctora en Historia de las Relaciones Internacionales Contemporáneas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la actualidad, China cuenta con un total de 56 etnias reconocidas, entre las que se encuentran la manchú, la zhuang, la mongol, la coreana o la tártara. En España, aunque los censos locales no recaban información etnográfica, existen minorías como la gitana, la rumana o la sefardí.

©Imagen: Antigua escuela en la ciudad de Pingyao, provincia de Shanxi. | Fernando Ginel

Unirse para protegerse del agresor

Parte de la identidad china ha sido forjada también por la necesidad de unirse y protegerse de las invasiones y colonizaciones que han marcado la historia del país. “Esta idea de nación, de la nación china, se ha destacado más en el contexto histórico en el que China estaba recibiendo más invasiones y ataques desde fuera. Por eso se necesitaba tener un sentimiento colectivo más marcado, de ‘somos nosotros y necesitamos estar juntos para defendernos de lo que no somos nosotros’. Es un sentimiento colectivo desde el punto de vista de la salvación de nosotros”, señala Luo.

“Es un sentimiento colectivo desde el punto de vista de la salvación de nosotros”
Luo Huiling

Esta idea de resguardarse de las amenazas exteriores y de protegerse ante lo que en China se ve como una pérdida de su fuerza es uno de los alegatos centrales del nacionalismo chino actual. “En China hablamos del Siglo de Humillación, desde 1840, con la Primera Guerra del Opio, hasta 1945 o 1949, con el fin de la Segunda Guerra Mundial o con la fundación de la República Popular China”, agrega la historiadora.

©Imagen: Guerreros de terracota del Mausoleo de Qin Shi Huan, en las afueras de la ciudad de Xi'an, provincia de Shaanxi. | Fernando Ginel

Las bases filosóficas de la identidad china

La identidad china descansa sobre unas bases filosóficas y morales de las que se distinguen tres tradiciones elementales: el confucianismo, el taoísmo y el budismo. “Son los tres pilares más importantes de la sociedad china, que es un conjunto de todos. No es que los tres al mismo tiempo existan en diferentes grupos. Una persona puede tener los tres elementos”, asevera Luo. “Una de las características fundamentales del pensamiento, de la filosofía y del alma china es el concepto de la integración”, puntualiza Moncada.

La tradición más antigua es el confucianismo. “Es lo que los chinos llaman la tradición letrada, porque va mucho más atrás de Confucio. Confucio lo que hace es compilar el saber tradicional chino, trasladarlo y generar una escuela de pedagogos, moralistas y políticos”, explica Moncada.

“Son los tres pilares más importantes de la sociedad china, que es un conjunto de todos”
Luo Huiling

La otra gran escuela filosófica es el taoísmo. “A diferencia de la tradición confuciana, es una corriente filosófica más centrada en aspectos cosmológicos, de medicina, más individualista, no centrada en cómo servir a la sociedad. Es la experiencia de búsqueda de trascendencia o de sentido del chino en su comunión con la naturaleza, en su reflexión sobre el propio cuerpo y la salud”, continúa la historiadora.

La tercera gran tradición es el budismo, una corriente filosófica y religiosa que no es endógena de China, sino que viene importada de la India. “En los primeros siglos de nuestra era el budismo va introduciéndose en China y es una verdadera revolución. Aporta y enriquece esa visión integral del chino con una dimensión más espiritual”, recalca Moncada.

©Imagen: Escultura de Avalokiteshvara del templo budista de Shuanglin, en las afueras de la ciudad de Pingyao, provincia de Shanxi. | Fernando Ginel

Una estructura política centralizada

Un elemento importante en la construcción de la identidad china es la estructura política centralizada que ha adoptado el país durante milenios. “Frente a la atomización de las polis griegas, China es otro tipo de organización. Es cultura agraria, mucho más interior, política centralizada, cohesión y asimilación. Ese modelo político, que es un modelo centralizado, jerarquizado, autoritario, basado en una potentísima estructura administrativa funcionarial, es el que hereda China. Nosotros heredamos otras raíces. China es eso”, asevera Moncada.

“Ese modelo político, que es un modelo centralizado, jerarquizado, autoritario, basado en una potentísima estructura administrativa funcionarial, es el que hereda China”
Mariola Moncada

“Cuando se habla del sistema político, no es necesariamente el sistema político actual, que existe desde 1949, sino el sistema político a lo largo de la historia de China, que es muy centrista desde el primer emperador, Qin Shi Huang. Ha tenido un Estado fuerte en gran parte de su historia, con un poder centrista”, aclara Luo.

©Imagen: Salón de la Suprema Armonía de la Ciudad Prohibida, Pekín, la residencia oficial de los emperadores de China. | Fernando Ginel

Recuperar la identidad perdida

El nacionalismo chino actual tiene un impulso ideológico claro en la revolución comunista de 1949 y, por tanto, está asociado a los patrones del Partido Comunista de China, que busca recuperar la identidad perdida en el último siglo. “A principios del siglo XX, toda esa China tradicional entra en crisis e implosiona. Hay una revolución republicana que derrota al emperador, la Revolución de Xinhai, y el Movimiento por la Nueva Cultura, que rechaza toda esta tradición. China es un puro polvorín, un experimento político: está la república liderada por el Kuomintang [partido nacionalista no comunista], aparece el Partido Comunista, hay presencia colonial y la invaden los japoneses”, describe Moncada.

“En la propaganda se habla mucho de que necesitamos tener lo nuestro, lo propio”
Luo Huiling

La crisis concluye con el triunfo de la revolución comunista de Mao. “Hay una nueva ideología, el maoísmo, que tiene muchos presupuestos que están en consonancia con cosas tradicionales chinas. La idea de gran unidad de la tradición china es también la gran unidad del proletariado que proclama el marxismo. La estructura leninista de partido, centralizada y jerarquizada, no está muy alejada de la estructura política del funcionariado imperial. Había un terreno fértil. Y China se ha convertido en lo que ha sido siempre”, resume Moncada, quien ha escrito una tesis sobre la evolución del discurso político del Partido Comunista de China desde 1949 hasta la actualidad.

En los últimos años, con el mandato de Xi Jinping, la recuperación de la identidad china se encuentra mucho más presente en el discurso público y en la propaganda nacionalista. “También se perdió mucho en la época de Revolución Cultural. Y también con Deng Xiaoping, que destacó más el tema económico. Antes no se había destacado casi nada de nuestra identidad. Solo se ha ido a lo político y a lo económico. Y hoy en día se busca más lo cultural, lo social. En la propaganda se habla mucho de que necesitamos tener lo nuestro, lo propio”, explica Luo.

“El Partido Comunista también necesita alimentar el nacionalismo para fortalecer la cuota de legitimidad de los actuales dirigentes”
Mariola Moncada

El nacionalismo chino se promueve desde tiempos de Mao, pero ha adoptado diferentes caras. “En la época de Mao era una cara antiimperialista, anticapitalista, y a partir de 1980 era una cara más desarrollista, de prosperidad, de industrialización”, recalca Moncada. Ante la pérdida de influjo de la ideología comunista en las últimas décadas, en favor de la reforma de apertura y de una nueva generación de clases medias, el discurso comunista ya no une tanto y este deja paso a un auge del nacionalismo. “La economía planificada, todo lo que es el planteamiento político de Mao, se ha desmantelado desde Deng Xiaoping. ¿Qué queda? La estructura política de partido único. Para mantener esa estructura, naturalmente, el Partido Comunista necesita alimentar el nacionalismo. También necesita hacerlo para fortalecer la cuota de legitimidad de los actuales dirigentes”, añade la historiadora.

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• Función de teatro tradicional chino en el templo de Chenghuang de la ciudad de Pingyao, provincia de Shanxi. | Fernando Ginel
• Retrato del fundador de la República Popular China, Mao Tse-Tung, en la Puerta de Tiananmén, Pekín. | Fernando Ginel

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en la celebración del Día de la Victoria de 2015 en la plaza de Tiananmén, Pekín. | Flickr/Gobierno de Sudáfrica

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en la celebración del Día de la Victoria de 2015 en la plaza de Tiananmén, Pekín. | Flickr/Gobierno de Sudáfrica

©Imagen: Inauguración del XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista de China en el Gran Salón del Pueblo, Pekín, en 2012. | Flickr/Remko Tanis

©Imagen: Inauguración del XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista de China en el Gran Salón del Pueblo, Pekín, en 2012. | Flickr/Remko Tanis

©Imagen: Guardia de seguridad de la plaza de Tiananmén, Pekín, delante del retrato del fundador de la República Popular China, Mao Tse-Tung, durante los Juegos Olímpicos de 2008. | Flickr/Edwin Lee

©Imagen: Guardia de seguridad de la plaza de Tiananmén, Pekín, delante del retrato del fundador de la República Popular China, Mao Tse-Tung, durante los Juegos Olímpicos de 2008. | Flickr/Edwin Lee

©Imagen: Agentes de policía en las afueras de la Ciudad Prohibida, Pekín. | Flickr/Mitya Ku

©Imagen: Agentes de policía en las afueras de la Ciudad Prohibida, Pekín. | Flickr/Mitya Ku

©Imagen: Visita del presidente de la República Popular China, Xi Jinping, al puerto de Los Ángeles, EEUU, en 2012. | Flickr/Antonio R. Villaraigosa

©Imagen: Visita del presidente de la República Popular China, Xi Jinping, al puerto de Los Ángeles, EEUU, en 2012. | Flickr/Antonio R. Villaraigosa

©Imagen: Presa de las Tres Gargantas, en la cuenca del río Yangtsé, provincia de Hubei, la planta hidroeléctrica más grande del mundo en extensión y en capacidad. | Wikimedia Commons/Rehman

©Imagen: Presa de las Tres Gargantas, en la cuenca del río Yangtsé, provincia de Hubei, la planta hidroeléctrica más grande del mundo en extensión y en capacidad. | Wikimedia Commons/Rehman

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en su discurso del pleno de apertura del Foro Económico Mundial de 2017, en Davos, Suiza. | Flickr/Foro Económico Mundial

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en su discurso del pleno de apertura del Foro Económico Mundial de 2017, en Davos, Suiza. | Flickr/Foro Económico Mundial

©Imagen: El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, recibe al presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en el Palacio de la Moncloa, Madrid, en 2018. | Flickr/La Moncloa

©Imagen: El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, recibe al presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en el Palacio de la Moncloa, Madrid, en 2018. | Flickr/La Moncloa

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en una visita de Estado de su homóloga surcoreana en 2013, Park Geun-hye, en frente del Gran Salón del Pueblo, Pekín. | Flickr/República de Corea

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en una visita de Estado de su homóloga surcoreana en 2013, Park Geun-hye, en frente del Gran Salón del Pueblo, Pekín. | Flickr/República de Corea

©Imagen: Marinero del buque Changbaishan de la Armada del Ejército Popular de Liberación, en una visita en 2015 a la ciudad de Portsmouth, Inglaterra. | Flickr/Ministerio de Defensa de Reino Unido

©Imagen: Marinero del buque Changbaishan de la Armada del Ejército Popular de Liberación, en una visita en 2015 a la ciudad de Portsmouth, Inglaterra. | Flickr/Ministerio de Defensa de Reino Unido

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en la celebración del Día de la Victoria de 2015 en la plaza de Tiananmén, Pekín. | Flickr/Gobierno de Sudáfrica

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en la celebración del Día de la Victoria de 2015 en la plaza de Tiananmén, Pekín. | Flickr/Gobierno de Sudáfrica

©Imagen: Inauguración del XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista de China en el Gran Salón del Pueblo, Pekín, en 2012. | Flickr/Remko Tanis

©Imagen: Inauguración del XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista de China en el Gran Salón del Pueblo, Pekín, en 2012. | Flickr/Remko Tanis

©Imagen: Guardia de seguridad de la plaza de Tiananmén, Pekín, delante del retrato del fundador de la República Popular China, Mao Tse-Tung, durante los Juegos Olímpicos de 2008. | Flickr/Edwin Lee

©Imagen: Guardia de seguridad de la plaza de Tiananmén, Pekín, delante del retrato del fundador de la República Popular China, Mao Tse-Tung, durante los Juegos Olímpicos de 2008. | Flickr/Edwin Lee

©Imagen: Agentes de policía en las afueras de la Ciudad Prohibida, Pekín. | Flickr/Mitya Ku

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©Imagen: Visita del presidente de la República Popular China, Xi Jinping, al puerto de Los Ángeles, EEUU, en 2012. | Flickr/Antonio R. Villaraigosa

©Imagen: Visita del presidente de la República Popular China, Xi Jinping, al puerto de Los Ángeles, EEUU, en 2012. | Flickr/Antonio R. Villaraigosa

©Imagen: Presa de las Tres Gargantas, en la cuenca del río Yangtsé, provincia de Hubei, la planta hidroeléctrica más grande del mundo en extensión y en capacidad. | Wikimedia Commons/Rehman

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©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en su discurso del pleno de apertura del Foro Económico Mundial de 2017, en Davos, Suiza. | Flickr/Foro Económico Mundial

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©Imagen: El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, recibe al presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en el Palacio de la Moncloa, Madrid, en 2018. | Flickr/La Moncloa

©Imagen: El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, recibe al presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en el Palacio de la Moncloa, Madrid, en 2018. | Flickr/La Moncloa

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en una visita de Estado de su homóloga surcoreana en 2013, Park Geun-hye, en frente del Gran Salón del Pueblo, Pekín. | Flickr/República de Corea

©Imagen: El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en una visita de Estado de su homóloga surcoreana en 2013, Park Geun-hye, en frente del Gran Salón del Pueblo, Pekín. | Flickr/República de Corea

©Imagen: Marinero del buque Changbaishan de la Armada del Ejército Popular de Liberación, en una visita en 2015 a la ciudad de Portsmouth, Inglaterra. | Flickr/Ministerio de Defensa de Reino Unido

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Cambio de orden mundial

©Imagen: Pixabay

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Una de las preocupaciones de los países occidentales es que el modelo chino pueda encontrar acomodo en otros países, especialmente en sus aliados autoritarios. “Hemos visto que esto ha sucedido en Myanmar. O que un régimen como el de Corea del Norte, de alguna manera o de otra, tiene apoyo de Pekín. Y estamos viendo ahora la situación de Afganistán con un Gobierno que se intuye autoritario. Por su presencia, poder e influencia puede ser que, si China reconoce a estos países, pueda dar a pie a que otros quieran adoptar este modelo”, expone Centeno.

Uno de los pilares básicos de la política exterior de China es no interferir en los asuntos de terceros. “Esto quiere decir que no tiene ningún inconveniente en hacer negocios con cualquier Gobierno. Y posiblemente incluso con los Gobiernos autoritarios se lleve mejor, porque son más estables”, sostiene Aldama. “De esa manía mesiánica de EEUU de imponer la democracia y todas esas cosas, China pasa ampliamente. A China lo único que le importa es el dinero, el comercio, el desarrollo”, añade Higueras.

“Ellos también buscan sus maneras de condicionar la política de otros países, aunque no sea con una intervención militar clásica armada como las que hemos visto de EEUU”
Jesús Centeno

El Partido Comunista de China insiste en que aboga por la coexistencia pacífica y la cooperación internacional. “Lo que se intuye que puede querer a corto plazo es que haya un sistema de mundo multipolar en el que su voz cuente tanto como la de Rusia, EEUU o la Unión Europea. Que no sea EEUU quien dicte las reglas y los demás vayan detrás”, razona Centeno. “Desde fuera se teme mucho qué va a pasar, si China después de ser aún más fuerte va a ser un peligro para el resto. Pero ese no es el punto de vista chino, si se entiende la historia de China, la mentalidad del pueblo y la mentalidad de liderazgo. Cuando destacamos que hemos recibido invasiones extranjeras en la historia, no es que luego nos vayamos a vengar, sino que necesitamos ser fuertes para que la historia humillada no se repita, para que no nos repriman”, enfatiza Luo.

Sin embargo, está por ver si las palabras se traducen en hechos. “Hay que decir que la influencia de China puede condicionar el comportamiento de otros países. Hemos visto casos casi de chantaje con Australia por reclamar a China que investigara el origen de la covid-19 o ahora con el caso de los Michaels con Canadá por la detención de la directora de Huawei. Ellos también buscan sus maneras de condicionar la política de otros países, aunque no sea con una intervención militar clásica armada como las que hemos visto de EEUU”, discute Centeno.

Pekín y Ottawa protagonizan una guerra de rehenes desde diciembre de 2018, cuando Canadá detuvo a la directora financiera de Huawei, Meng Wanzhou, a petición de Washington, por una presunta violación de las sanciones a Irán. Días después, China arrestó a dos canadienses, Michael Kovrig y Michael Spavor, por supuesto espionaje. La crisis se agudizó en enero de 2019, cuando un tribunal chino condenó a muerte por tráfico de drogas a un tercer canadiense, Robert Schellenberg, después de que Canadá se opusiera a liberar a Meng. El último incidente ocurrió el pasado agosto, cuando China sentenció a Spavor a 11 años de prisión. Mientras tanto, la ejecutiva del gigante de telecomunicaciones se mantiene a la espera de que la Justicia canadiense se pronuncie sobre su extradición a EEUU.

“China está tratando de convertirse en la voz de los países en vías de desarrollo, que son muchísimos más que en Europa y EEUU.”
Georgina Higueras

También existe preocupación, especialmente en la Unión Europea, por saber qué impacto tendrán los intereses de China en el seno de los organismos multilaterales. Por ejemplo, a la hora de definir estándares, de fijar una posición en el Consejo de Seguridad de la ONU o de regular normas y ámbitos que todavía no están consolidados. “China está tratando de convertirse en la voz de los países en vías de desarrollo, que son muchísimos más que en Europa y EEUU. Lo bueno sería que la UE, que es la gran potencia legisladora del mundo, tratase de ser la tercera pata del banco y que, manteniendo una equidistancia, pudiera negociar con China temas fundamentales como el comercio internacional o cosas que están por regular, como el espacio o la inteligencia artificial”, opina Higueras.

©Imágenes:
• El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en una visita de Estado de su homólogo ruandés, Paul Kagame, a Pekín en 2017. | Flickr/Paul Kagame
• El presidente del Parlamento Europeo en 2014, Martin Schulz, recibe al presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en Bruselas. | Flickr/Parlamento Europeo

La guerra que viene

©Imagen: Videvo

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Muchos analistas discuten que el mundo ya atraviesa una segunda Guerra Fría que se agudizará a medida que las redes de poder de China choquen con las de otras potencias. “Hay una clara lucha por la influencia, sobre todo a raíz del comercio, del desarrollo de empresas de esos países. Hay una clara pugna por los países en vías de desarrollo, por los nuevos mercados. Son varias partes luchando por un mismo pastel”, sostiene Centeno.

Un ejemplo visible de este enfrentamiento es la guerra comercial entre China y EEUU. “En la época del mandato de Donald Trump hubo un enconamiento fuerte con China, con la guerra comercial, cuyo trasfondo político no es una guerra de tarifas, sino la lucha por la supremacía industrial y tecnológica, que es lo que realmente le preocupa a EEUU. Y con razón”, asegura Moncada.

Una guerra de baja intensidad o híbrida donde habrá muertos, pero de otra manera. Habrá muertos cibernéticos. Una guerra cibernética”
Fernando Cocho

No obstante, esta segunda Guerra Fría mantiene diferencias respecto a la que protagonizaron EEUU y la URSS durante la segunda mitad del siglo XX. “Son distintas. Hay una guerra ideológica, pero económicamente no hay una guerra fría, porque los vínculos entre los dos bloques, entre China y EEUU, son enormes”, alega Higueras. “Vivimos en este mundo globalizado en el que estamos todos interconectados y todos dependemos de todos”, agrega Aldama.

El resultado es un mundo multipolar en el que cada potencia antepone sus intereses y en el que se prevén mayores fricciones políticas, desencuentros diplomáticos, choques de narrativas y, sobre todo, guerras comerciales y tecnológicas. “Es una guerra fría distinta que posiblemente tenga mucho que ver con que pueda llegar a materializarse con la ruptura de Internet, si se hacen dos bloques en el ciberespacio”, plantea Higueras. Una guerra de baja intensidad o híbrida donde habrá muertos, pero de otra manera. Habrá muertos cibernéticos. Una guerra cibernética”, vaticina el analista y profesor Fernando Cocho, experto en Inteligencia, Seguridad y Defensa.

©Imágenes:
• Soldado del Ejército Popular de Liberación en un ensayo militar en la ciudad de Shenyang, provincia de Liaoning, en 2017. | Flickr/Presidente del Estado Mayor Conjunto de EEUU
• Guardia de Honor del Ejército Popular de Liberación de China, en una visita de Estado en 2016 del entonces presidente de Perú, Pedro Kuczynzki, en Pekín. | Flickr/Presidencia de Perú

La trampa de Tucídides

El mayor miedo de nuestra era es que la pugna entre China y EEUU escale hasta una guerra abierta. “Quienes no conocen el pasado están condenados a repetirlo”, advertía el filósofo estadounidense George Santayana hace ya más de un siglo. Su frase resuena con renovada actualidad, citada a menudo por historiadores, diplomáticos y analistas cuando auguran el posible estallido de una nueva “trampa de Tucídides”. Descrita por primera vez por el padre de la historiografía científica, el militar griego Tucídides, la expresión hace referencia a la tensión enconada que se produce cuando una potencia global hegemónica se enfrenta a la competencia de una potencia rival emergente y que, en la gran mayoría de los casos, termina con una guerra entre ambas.

“Cada vez más escuchamos, sobre todo con Xi Jinping, que recuperar Taiwán es uno de los grandes objetivos de la nueva China y, obviamente, con la fortaleza que está ganando su Ejército, es una posibilidad cada vez más cercana”
Zigor Aldama

“Es una posibilidad, pero creo que hay bastante razones para no apretar el gatillo. Es verdad que hay dos bloques, pero son dos bloques que interaccionan muchísimo entre sí. Es cierto que hay mucha tensión y que va a haber una guerra cibernética creciente y tensiones de todo tipo, incluso puede haber militares, pero creo que hay demasiado en juego como para que haya una guerra”, opina Aldama.

No faltan analistas que consideran que Taiwán pueda ser la chispa que encienda la Gran Guerra del siglo XXI. “Cada vez más escuchamos, sobre todo con Xi Jinping, que recuperar Taiwán es uno de los grandes objetivos de la nueva China y, obviamente, con la fortaleza que está ganando su Ejército, es una posibilidad cada vez más cercana. Entonces la pregunta es, ¿dará China ese paso y tratará de tomar Taiwán por la fuerza? Y, si lo hace, ¿protegerá realmente EEUU al Gobierno de Taipéi?”, interroga Aldama.

Nunca se sabe por qué empieza una guerra, cuál será el estallido o punto de fricción que provoque que la tensión se vaya de las manos. “Fue el ascenso de Atenas y el temor que eso inculcó en Esparta lo que hizo que la guerra fuera inevitable”, dejaba escrito Tucídides en su narración sobre la Guerra del Peloponeso. Hoy, transcurridos dos milenios y medio desde aquella contienda, el temor de nuestro tiempo es que China, cada día más vigorosa y pujante, se convierta en la Atenas enfrentada a una Esparta que, en la forma de Estados Unidos, se niega a ceder su hegemonía mundial.

©Imágenes:
• Soldado del Ejército Popular de Liberación en un ensayo militar en la ciudad de Shenyang, provincia de Liaoning, en 2017. | Flickr/Presidente del Estado Mayor Conjunto de EEUU
• Desfile del Ejército Popular de Liberación en la plaza de Tiananmén, Pekín, con motivo del Día de la Victoria de 2015. | Flickr/Gobierno de Sudáfrica

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