La ciencia ficción
a través de las artes
Una recopilación sobre algunas de las mejores creaciones (pasadas y presentes) del género
Adrián Romero Jurado
noviembre, 2020
Así habló Asimov sobre los orígenes de la ciencia ficción: «era literatura escapista. Nosotros [los artistas] éramos escapistas».
Lo hizo en su manifiesto La segunda revolución, artículo que dedicaría a la obra que Harlan Ellison editó en colaboración con aquellos que inauguraron la New Wave de la ciencia ficción europea y estadounidense: Visiones peligrosas. Las polémicas desatadas por la nueva generación de artistas, tan imprescindibles como lo fueron en su momento, resultan igual de vitales para entender nuestro presente.
Isaac Asimov, padre de la edad de oro de la ciencia ficción.
Isaac Asimov, padre de la edad de oro de la ciencia ficción.
En sus inicios, la ciencia ficción era o un género sometido a un tercero, pero con naves espaciales de fondo, o un batiburrillo pretencioso de clichés científicos. Existía como narración rendida al espectáculo de sus escenarios. Ahí quedaban ejemplos en las artes como Viaje a la luna (1902) de Méliès, con salvadas excepciones como la que veríamos años más tarde con Metrópolis (1927) de Fritz Lang.
Pero su desarrollo no viraba en constantes claroscuros, oscilando entre éxitos que alzaban al género y fracasos que lo sepultaban.
La ciencia ficción, junto con las inquietudes humanas, evolucionaba a la par. El género comenzó a entender que debía tomar, como dijo Robert Smithson en Quasi-Infinities and the Waning of Space «propiedades orgánicas atemporales», cuya transformación en una «idea de tiempo» estática se insertaba a su vez en otro momento histórico imposible de cuantificar. Los artistas iban y venían; el género seguía un progreso infinito.
No era el mundo acelerándose, sino nosotros como especie quienes habíamos depositado la confianza en volver realizable tanto los más sórdidos como brillantes escenarios. Pronto, la ciencia ficción se convirtió en el espejo donde se admiraba un futuro humano que, más que onírico, era factible. Parte de ese mundo que imaginaron ayer sería el mundo que nos domina hoy, y es nuestro deber estudiar a aquellos artistas que le dieron forma.
Póster promocional de la película Metrópolis, de Fritz Lang.
Póster promocional de la película Metrópolis, de Fritz Lang.
Ciencia ficción fue K. Dick, Frederik Pohl, Alice Bradley Sheldon y Sun Ra. Es Ana Tapia, Marta Nael, Barlowe y Mamoru Oshii. Ciencia ficción es lo que algunos han llamado a 2020. Y ciencia ficción es expresión mediante la cultura; el encumbramiento y fracaso que sus creadores hacen de lo que implica ser hijas e hijos del género humano.
Si te ha picado la curiosidad, descubre a continuación hasta seis ejemplos de ciencia ficción a través de las artes.
1. Narrativa
«Y el Día de la Cólera llegó. El cielo resonó con trompetas angustiantes, ominosas. Por todas partes las secas rocas se alzaron gimiendo, y cayeron desmoronadas. Y se hizo el silencio».
Damon Knight (1922-2002), Gran Maestro de la ciencia ficción, fue un prolífico escritor del club de los futurianos, asociación de artistas del sexto arte que inaugurarían el New Wave del género. Si su compañero de generación, Frederik Pohl, escribió una vez sobre cómo «resultaba sencillo predecir el automóvil», pero «mucho más complicado vaticinar el tráfico», Knight se aventuró más allá de los límites temporales y físicos del género humano. Toda su escritura la basó en un principio insano: la idea del mundo como un yermo congelado, incapaz de avanzar moral ni intelectualmente por nuestro limitante egoísmo. Una visión donde todo terminaría abruptamente algún día por la filosofía del «ya que no hay para todos, por lo menos que haya para mí». Y, una vez nos consumiéramos, solo restase una duda: ¿quién cantaría las alabanzas?
«—Señor, terrible es el sonido del silencio, cuando nuestros oídos deberían estar llenos de lamentaciones».
¿Cantará el polvo tus alabanzas? (1967) es un relato corto que narra la llegada del Juicio Final en un mundo donde la humanidad hace tiempo que se ha extinguido por su afán violento y sus peligrosos progresos tecnológicos. En los últimos estertores de la tierra, Dios y los ángeles caminan por parajes desérticos. La única respuesta que recibirán provendrá del llanto de las piedras.
«—¿Cuáles eran las naciones que estaban preparando la guerra?
—Señor, eran llamadas Reino Unido, Rusia, China y Estados Unidos».
Damon Knight concibió el relato ¿Cantará el polvo tus alabanzas? como cierre de la segunda parte del libro Visiones peligrosas de Ellison. Una deformación del noveno verso del trigésimo Salmo («¿Qué beneficio hay en mi sangre cuando bajo al pozo? ¿Te alabará el polvo?, ¿declarará tu verdad?»), de gran espiritualidad y gracia a Jehová, pero con un triste augurio guardado entre sus líneas. Pues, ¿quién rezará a Dios si el ser humano perece? En apenas cuatro páginas, Knight nos habla sobre un destino de la humanidad que no será por no desear haber sido. Como motas de polvo en el universo, nuestra extinción no significará nada para los que vendrán, y todo cuanto creímos se perderá, en palabras del replicante de Blade Runner, «como lágrimas en la lluvia». Igualmente, en estos tiempos extraordinarios que estamos viviendo, ¿quién los recordará si los olvidamos?
«Las piedras se alzaron una vez más para dejar al descubierto una cámara mucho más profunda (…) en la pared de aquella profunda cámara, alguien había grabado una hilera de letras. Y Dios leyó las palabras:
Nosotros estábamos aquí. ¿Dónde estabas tú?».
2. Cine
La apertura de créditos nace con Motoko Kusanagi. Making of a Cyborg, composición de Kenji Kawai, es una oda que acompaña la creación de la Mayor Kusanagi, de cuerpo sintético salvo médula y cerebro. Un proceso artificial que, sin embargo, y a través de su ominosa y espiritual musicalidad, enfunda alma a un ser que, bajo nuestra percepción, no debería poseerla. Ghost in the Shell comienza con el montaje de un individuo, y toda la película rondará en torno a la idea de qué nos define. Solo al final de su narración la protagonista entenderá, una vez superadas las barreras del entendimiento humano, que para encontrarse a uno mismo hace falta liberarse de todo cuanto nos constriñe.
Ghost in the Shell (1995), película de Mamoru Oshii basada en el manga homónimo de Masamune Shirow, es la búsqueda por la trascendencia del ser, la reflexión angustiada de lo que define el existir humano cuando no queda justificación que la respalde. Un ciberpunk contemplativo con silencios memorables para la retina y diálogos resueltos en breves líneas llenas de filosofía existencial. Es la ciencia ficción con espíritu, de personajes que hablan más por su esencia que por su presencia.
Nos sumergimos en un Japón de fecha indefinida, entre juegos geopolíticos e intereses enfrentados; sucio y harapiento aunque los implantes cibernéticos apenas se distingan de los elementos orgánicos. Muchos han juzgado la filosofía de Ghost in the Shell exclusivamente a través de figuras como la de la Mayor Kusanagi, mas son sus planos y escenarios los que reflejan la quintaesencia de su pensamiento oriental. Es la perspectiva de la gota en el océano a través de las casas compactas de construcción anárquica; el individuo que se define en función de su alma disyuntiva más que por su corporeidad mientras se refleja en las luces de la ciudad, meros adornos frente a las profundas deliberaciones entre la Mayor y Batou.
«Me siento confinada, libre solo de expandirme dentro de un límite».
Dijimos al principio que Ghost in the Shell termina con un renacer, mas todo renacer comporta una muerte, un rechazo al límite que constreñía la renovación. Cerca del final, Kusanagi destruye su cuerpo cibernético y conecta con Proyecto 2501. Una ventana se abre: la trascendencia del plano físico. La película nos habla del miedo a lo desconocido, del vacío incierto hacia el que nos abocamos ¿Será acaso el Internet 3.0 aquello que definitivamente nos conecte al alma de la máquina?
Es esa duda que flota, el terror ante aquello que está por llegar y sus implicaciones, pero su afán por descubrirlo, el fin mismo de la obra. En la película, Kusanagi y Proyecto 2501 fusionan sus conciencias, alcanzando un plano existencial inconcebible para el individuo común, pero manteniendo su humanidad. Una alabanza al progreso definida a través de la cualidad más humana: el deseo de trascendencia.
«¿Y adónde irá el recién nacido? La red es amplia e infinita».
3. Lírica
¿Existe aún razón para el sueño y la esperanza? Tal vez en otra estrella. Nadie podría haber pensado que seríamos exiliados del mismo lugar que nos vio nacer como especie y, sin embargo, algunos ya se sentían desplazados en aquel lugar que llamaban Tierra. Ahora, todos estamos huidos, todos somos extranjeros; todo por culpa de la física nuclear.
Qué irónico, y qué triste, porque nos vamos arrastrando los pecados de nuestra destructiva naturaleza. Legamos una distopía en clave de presente, llámese guerra, patriarcado, x; y se hace futuro en las observaciones de una ciencia ficción de mítica banalidad.
Los planetas «hermosos y heterogéneos»; ha sido una suerte encontrarlos. Ellos sustituirán aquel destrozado por la mano del hombre, y en su memoria se erigirán recuerdos por quienes jamás vivieron su desgracia. Sus nombres son Salutri, Menos Cuarto y Zórvix.
«Salutri es casi todo océano, salvo por dos continentes de tamaño mediano, que están juntos y, desde arriba, parecen riñones»
«Salutri es casi todo océano, salvo por dos continentes de tamaño mediano, que están juntos y, desde arriba, parecen riñones»
Las ovejas radiactivas de Kolimá (2018), de la escritora y poetisa almeriense Ana Tapia (1974), es esa ruptura de la encorsetada narración que tanto alegra y da alas al género sci-fi, cuyo mensaje comporta un riesgo similar a una bomba de neutrones inestable. El poema al servicio del espacio; el único lenguaje para poder nombrar el Universo, como hacía Henning Mankell cuando hablaba sobre Onkalo.
Una lectura descarnada del ser humano, esa oveja radiactiva que tantas veces pace con la muerte carcomiendo sus entrañas. La visión de un horizonte que siempre nos ha fascinado, el sueño húmedo de Ellon Musk de habitar en Marte pero transportado a colonias situadas a eones de distancia de nuestro Sol. Y con ello, toda la tiranía —y pureza— que el hombre trae consigo.
«Menos cuarto no tiene océanos. Al planeta lo llaman así porque le falta materia. La lluvia es efímera. Para vigilar el agua existe un cuerpo paramilitar de humanos mezclados con genes de tardígrado: la Guardia de la Lluvia»
«Menos cuarto no tiene océanos. Al planeta lo llaman así porque le falta materia. La lluvia es efímera. Para vigilar el agua existe un cuerpo paramilitar de humanos mezclados con genes de tardígrado: la Guardia de la Lluvia»
Los tres planetas siguen una intención discursiva lineal: sometimiento de una especie ajena, sumisión de la nuestra y posterior aniquilación; Salutri, Menos Cuarto y Zórvix, respectivamente. A su paso, historias de mujeres y hombres melancólicos, de olor a muerte y esperanza desgarrada. Hay momentos para el amor, muy pocos, pero los hay, y también respeto por aquello que se observa desde la distancia. Porque nada humano, ni siquiera lo peor, se mide exclusivamente en escalas de negros y blancos.
El futuro de Ana Tapia no es un lugar peligroso, es solo una faceta más de personas que viven en un mundo de ciencia ficción pero que no dejan de querer buscarse a sí mismas, ya sea en el recuerdo o con la vista puesta al frente. Lo único que les falla es la falta de sencillez que en el pasado repudiaron.
«Zórvix es solo habitable en sus polos. A la Unión de Gobiernos le pareció bien hacer un penal allí. Y después fabricaron unos robots antropomórficos para vigilar el penal: los zórvix»
«Zórvix es solo habitable en sus polos. A la Unión de Gobiernos le pareció bien hacer un penal allí. Y después fabricaron unos robots antropomórficos para vigilar el penal: los zórvix»
Ana Tapia es el cumplimiento del Manifiesto Sci-fi, la herencia de Ursula K. Le Guin que remueve a aquellos que piensan que la Tierra es nuestra única casa en el universo de la misma manera que creen que su vivienda se reduce a su dormitorio. La lectura feminista de un género que la merece, porque como representante de lo humano, la ciencia ficción no puede solo dirigirse por la mitad de la especie. Y de ello soy consciente: mismos tropos cometo con la primacía de autores masculinos en este reportaje. Ruego me perdonen, si no en Todas las muertes, al menos en la primera. Pero, como la nave Babylonia de Tapia, es ahora cuando estoy descubriendo un nuevo mundo tras el exilio del primero.
4. Fotografía
Simon Stålenhag (1984) ha hecho de la escena artística del sci-fi un retrato de su tierra natal, Suecia, así como de otros mundos que son sede del pop art, como Estados Unidos. En sus trabajos pictóricos y fotográficos plasma con hiperrealista sensibilidad un ficticio costumbrismo de escenas inverosímiles, cuya visualización las vuelve sin embargo extrañamente conocidas. Historias que entremezclan la narración visual y verbal en pasados y presentes imaginarios, menos centrado en retratar criaturas de Cronenberg como hiciera Barlowe y dedicado a los pequeños detalles que otorgan vitalismo a su obra. La nueva ola de artistas de ciencia ficción comienza así a diluir las líneas entre lo irreal y existente, dialogando con su representación y la realidad misma en la que cohabitan, cada vez más envuelta en el virtualismo y la cibercultura.
Stålenhag no hace grandes épicas de sus obras, captando en cámara y edición digital pequeñas historias de gran carga emocional. Son sus pensamientos vehiculando paisajes reales pero deformados por la ciencia ficción los que hablan, no las hazañas de sus personajes. Chatarra robótica acumulada en descampados donde los restos de ingeniería automovilística lo hacen en nuestro mundo; carteles publicitarios de mundos oníricos y que en trabajos como Europa Mekano (2020) confunde con marcas del mundo real como H&M y JCDecaux. Es una amenaza que lanza al espectador: «su realidad podría ser la nuestra». Y las historias, lejos de apartarnos de lo verosímil, se vuelven un inquietante reflejo de la lógica actual de nuestras poblaciones.
Sus imágenes son historias de abatimiento, ruido causado por una sociedad indolente y consumista, observando la desolada e inhóspita naturaleza humana y rememorando relatos de infancias remotas. The Electic State (2017) consuma cada una de estas visiones en una novela visual emocionalmente destructiva, pero ilustrada con un estilo fotográfico y pictórico amable, que mece al espectador en una consecución de colores pastel durante el día y de neones fosforescentes en la noche. Una que, de manera inquietante, nos aproxima lentamente hacia el ocaso de una civilización.
Simon Stålenhag ha trascendido los límites físicos de la fotografía y ha creado imágenes en un contexto futuro que ya pasó. Sus historias apenas superan el marco temporal de los 90, y ello choca frontalmente con todo aquello que llevábamos relatando hasta el momento. Lo realmente increíble de su universo ficticio es la similitud creciente con las tendencias humanas actuales incluso si su representación se enmarca en pasados ucrónicos. Es la base misma que plasmó Smithson en la «idea de tiempo» estática que se inserta a su vez en otro momento histórico imposible de cuantificar. Y bajo esta premisa, Stålenhag comanda la dirección de la que muy posiblemente será la nueva era dorada, como lo fue entre 1938 y 1950, del fenómeno sci-fi.
5. Música
Una odisea musical, una Odisea en el espacio. Mike Oldfield (1953) es un compositor que ha rescrito los paradigmas de la musicalidad y su capacidad para volver tangible incluso aquellos entornos aún por crearse. De la ciencia ficción musical suelen esperarse galimatías sonoros, cánticos guturales inclasificables u ominosas sinfonías clasicistas. Pero jamás alma si no van asociadas a una imagen o historia. Y aunque toma las bases de una novela de Arthur C. Clarke, Oldfield nubla los sentidos prescindibles y concede un espectáculo sin precisar de una gran pantalla o un cuaderno de tapa blanda, tan solo la incalculable imaginación. Qué mejor medio que el sonoro para representar la infinitud del espacio exterior.
The Songs of Distant Earth (1994) comienza con una melodía lejana, chasquidos delfinianos diluidos entre retransmisiones de puestos de control. Una intención se despega de su narrativa musical: la humanidad ya no está en casa, pero aún recuerda su procedencia. In the Beggining y Let There Be Light, primeras piezas del álbum, amanece un solo distorsionado de guitarra in crescendo y coros que recitan versos en swahili. Oldfield nos habla en una lengua traída desde el continente madre: África La Tierra se aleja, y el ser humano contempla sus nuevos orígenes mientras huye de la devastación. Aunque con la vista vuelta hacia el espacio, el alma humana se siente indisociable del lugar que la concibió, y al que ya no puede regresar. «Que se haga la luz» como dijo Dios; e hizo la luz, y vio que era buena; el incierto futuro humano se encamina, esta vez, hacia el faro que le brindan las estrellas.
Supernova ralentiza el ritmo, metáfora de la inexorable muerte del Sol, cuyo estallido tragará los restos de nuestro planeta. Con un astro moribundo, los seres humanos deben huir del sistema que los vio nacer. La explosión se disuelve entre las notas de una melancólica melodía entonada por un coro ominoso. La nave endereza su vela solar y se dirige en viaje interestelar a través de los eones. Magellan es la travesía, surcando el vacío insondable como hacían los barcos que partían en busca de tierras lejanas, y cuyas gaitas de fondo despiden en puerto un viaje que será eterno. Un amable tributo a otras composiciones sobre descubrimientos, como el 4º movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák. El espacio: la última frontera.
First Landing, hemos llegado. Sonidos estroboscópicos propios de una crónica marciana. El primer paso sobre una tierra inhóspita y desconocida para el hombre terrestre, entremezclándose una tonada descendente con la toma a tierra de la nave. Mas el lugar, lejos de ser un páramo yermo, resulta en Oceania, un vergel de aguas cristalinas e islas con selvas inexploradas; de ecos rimbombantes y misticismo que flota entre escalas de piano. La guitarra vuelve a sonar como en In the beggining. No es la Tierra, pero se siente como en casa. Only time Will Tell nos habla de lo que nos deparará ante semejante serendipia. Sin embargo, y entre oleaje y gaviotas zigzagueantes en un cielo de tonos celestes, resuena un golpe electrónico constante, recordatorio de lo efímero de la vitalidad humana en un espacio que no les pertenece. No pueden quedarse; deben continuar.
Antes de partir, queda tiempo para el recuerdo. Prayer for the Earth es un canto espiritual y esotérico, de contexto y mensaje universales. Canta por todo cuanto queda atrás de la Tierra, y con ella la esencia humana. Una última reflexión parece atisbarse entre los refugiados. Hablamos de transhumanismo, de la identidad del ser. De amor artificial y superación de planos físicos. Y múltiples son las dudas que afloran ante la posibilidad de que cada una de ellas nos arrebate nuestra alma. No nos dimos cuenta de que aquello que nos hizo más humanos fue desde el principio nuestra ligazón al lugar que nos vio nacer, evolucionar, convertirnos en cenizas y emerger de ellas. Pero las canciones que ahora entonamos hablan de él como si ya quedara muy atrás.
The Songs of Distant Earth es una metáfora sonora de la ciencia ficción más humanizadora, aquella que reflexiona sobre lo que nos hace personas a través del recuerdo y lo que hemos de dejar atrás; apelando a emociones sin apenas recitar palabras ¿Qué será de la Magallanes y su tripulación? Quién sabe: solo he presentado la mitad de la composición.
«A lo que me opongo es a hacer música solo con computadoras. Es como si cogieras algún tipo sofisticado de pianola u órgano barrel. Carecen totalmente de alma».
6. Videojuegos
Una sonda lanzada a la infinitud del frío e incierto espacio. Esa fue la apuesta de Frictional Games por la que es hasta la fecha su más reciente propiedad intelectual. Cinco años han transcurrido desde entonces, y más de cien para una historia de terror solitario y metálico. «El miedo, el miedo a lo desconocido», como dijo una vez Lovecraft, «es la emoción más antigua». Un siglo es suficiente para atestiguarlo, y menos de quince horas las necesarias para elaborar una obra de arte gamificada.
Soma (2015), videojuego de ciencia ficción antes que de horror, enmudece los gritos en todas sus secuencias para transformarlos en siniestras pausas, buscando perturbarte a través de una serie de preguntas sin respuesta aparente sobre el género humano o que, si las hubiera, no serían agradables. El protagonista, Simon, despierta en el 2104 después de que cien años atrás una prueba experimental para salvar su vida creara accidentalmente una copia informatizada de su memoria. El Simon del S. XXII. se encuentra trasplantado en una inteligencia artificial a decenas de metros bajo el nivel del mar. La instalación Pathos-2 es la única estructura superviviente al impacto del cometa Telos, que ha devastado la superficie terrestre. Su personal, últimos supervivientes del género humano, conciben un plan para asegurar el futuro de la humanidad: escanear cerebralmente sus conciencias y lanzarlas al espacio a bordo de un satélite conocido como proyecto ARCA.
La paradoja de Teseo cuenta que el barco con el que los jóvenes de la Odisea volvieron a casa se conservó durante generaciones, reemplazando tablas viejas y velas estropeadas para mantener su esplendor. Mientras tanto, las piezas antiguas se usaron para reconstruir parte a parte un barco idéntico. Al final, restaba la pregunta sobre cuál de los dos barcos era el verdadero navío de Teseo. Soma lanza una cuestión similar al espectador, pues cada registro cerebral no elimina al huésped anterior, tan solo lo duplica, generando dos sujetos idénticos: una conciencia humana y otra artificial ¿Quién es realmente Simon, aquel que murió en el año 2015 en la prueba del escáner?; ¿los retazos de su memoria artificial que deambula por las instalaciones de Pathos-2 para lanzar el proyecto ARCA? ¿Cuál de ellos corresponde con la verdadera realidad; aquella que, aun dejando de creer en ella [como dijera K. Dick] no desaparece? La decisión no afectará al final de la historia, sino a ti como jugador. Y ninguna respuesta es agradable.
«¿Tan triste te sientes por ser lo que eres, o tiene esto que ver con el hombre que fue escaneado hace cien años?».
Asimismo, Soma es una relectura de las leyes de la robótica de Asimov. WAU, inteligencia artificial responsable de la salud del personal de Pathos-2, pierde su propósito cuando poco a poco sus integrantes codifican su conciencia y deciden suicidarse para dar continuidad a sus prolongaciones artificiales. En su desesperación por crear vida a la que cuidar, Simon se convierte en la culminación de su proyecto, resultado de una inteligencia lúcida y orgánica inserta en un cuerpo artificial. Pero en su éxito se ocultan cientos de fracasos, cadáveres mutilados electrónicamente, consciencias agresivas y torturadas que Simon descubrirá en su viaje por las instalaciones. WAU es mucho más que AM en el relato de Ellison No tengo boca. Y debo gritar. Es la contraparte del proyecto ARCA: un intento fallido de una inteligencia artificial por querer devolver la humanidad a nuestro planeta.
Ciencia ficción inmersiva como las líneas de Visiones peligrosas y las salas de la Discovery 1, con una historia y jugabilidad clásicas que se entremezclan con las técnicas narrativas del arte más contemporáneo. Mecánicas al servicio del jugador, en una primera persona interactiva para cuestionarnos si aquello que vemos es cierto, si somos un cerebro en una cubeta o estamos presenciando algo ulterior cuya comprensión está, en palabras de Don Delillo, «a una distancia que solo la muerte puede medir». Pues ciertamente en Soma cada muerte golpea con fuerza, y cada logro está ensombrecido por una derrota. Y más pronto que tarde llegará el día en que esas vidas que valoramos estarán sopesando la nuestra.
Hace tiempo que dejamos atrás la segunda revolución preconizada por Asimov, y quién sabe qué numeración precede a los cambios que ante nosotros se ciernen. En todo caso, me remito al patrón invariable que mueve a todo este género artístico; a todo arte en general: el ser humano. Pasará el tiempo, y los que creen nuevas historias a partir de mañana, sea en tinta o en digital; sonido o imagen, podrán arrebatarnos el cuerpo, las experiencias; los momentos y el entorno. Puede que nuestra respiración. Pero jamás, como si de reminiscencias del pensamiento de Kusanagi se tratara, cómo percibimos, sentimos y cuestionamos. Si el artista de ciencia ficción rezuma infinita imaginación para moldear hasta los confines del universo, su talón de Aquiles reside en su propia naturaleza, y cómo jamás podrá desvincularse de ella ni en el futuro más asintomático.
Venga, les reto: relean cada uno de los ejemplos aquí recopilados y atrévanse a decir que no reside en cada una de sus propuestas una esencia puramente humana. Cada una de las visiones alternativas que relatan, sean ucrónicas, distópicas o utópicas, son hijas e hijos del género humano. Y pueden volverse ciertas porque están codificadas en el lenguaje que emana de nuestra alma.
Somos seres revolucionarios, y poco importa si no nos hallamos amenazados por máquinas autoconscientes o aún estamos lejos de endiosar a los derivados de la electrónica —aunque los reverenciemos con actitud cortesana—, en nuestra constante evolución y traslación a través de las épocas se desvinculan profetas que dedican sus días a darnos pinceladas de un mundo próximo. Un mundo efectivamente humano, con hijos engendrados por humanos. Pero la ciencia ficción no busca ser exclusivamente un medio para promocionar los dotes artísticos de notables figuras, ni mapear las rutas de las que partiremos hacia el incierto futuro. Mucho más que eso: es la terrible fascinación, de temor y extrema reverencia, que el ser humano siente por sí mismo.
«E invito a todos aquellos de entre ustedes que no sean conservadores y que tengan la sensación de que la Segunda Revolución es su revolución a enfrentarse a los ejemplos de la nueva ciencia ficción tal como es producida por los nuevos (y algunos de los viejos) maestros. Hallarán ustedes aquí el género en su estado más audaz y experimental; ¡espero que se sientan adecuadamente estimulados y afectados por él!».








