Barcelona a través de sus ojos
Más de 79 millones de personas fueron desplazadas a la fuerza en el mundo a finales de 2019. Cerca de 12.000 están en Barcelona. Esta es la historia de cuatro de ellas
Barcelona despierta y, aún con legañas en los ojos, se prepara un café de Etiopía que compró en una pequeña tienda del barrio de Gràcia. Da un paseo por el Raval, un barrio donde conviven personas de múltiples países y culturas: desde Pakistán hasta Filipinas, pasando por Bangladesh o Italia; un barrio cuyas calles también vieron nacer la rumba catalana. Al mediodía le rugen las tripas y decide comer en un delicioso restaurante sirio en pleno barrio de l’Eixample; empieza con unos entrantes, mohamara, hummus y babaganush, que combina con unos Arayes de queso. Por la tarde le toca ir a clase de árabe y, cuando cae la noche, toma unas cervezas belgas en su bar favorito de Poblenou. Se va a dormir, sabiendo que en sus calles se respiran, se viven y se entremezclan sabores, olores e ideas de todo el mundo.
Las migraciones son inherentes a la condición humana. Nadie abandona su país o huye sin motivos.
De la misma manera, migrar lleva consigo un origen y un destino, aunque llegar a él - si se llega - no es algo fácil. Las personas migran a un continente, a un país, pero quien las acoge es, normalmente, una ciudad. Los estados deciden sobre el asilo; pero son las ciudades las que dan refugio y las que tratan de garantizar la convivencia cotidiana de ideas, culturas y religiones diferentes.
Es un claro ejemplo de aplicación práctica del concepto glocalism: piensa de forma global, pero actúa de forma local. Son las ciudades las que acogen a las personas refugiadas o las que tendrán que seguir haciéndolo en un futuro. Es en las ciudades donde las personas que buscan ese llamado ‘refugio’ deberán intentar seguir con sus vidas.
refugiado,da. Del part. de refugiar.
La Real Academia Española (RAE) define un refugiado como una persona que se ve obligada a buscar refugio fuera de su país. Pero, ¿qué es refugio, o qué puede considerarse como tal?
refugio. Del lat. refugium.
Acogida, amparo, lugar adecuado para refugiarse. Ahora volvamos a Barcelona. Siguiendo esta definición, ¿es Barcelona un lugar adecuado para refugiarse? ¿Son asilo, acogida o amparo conceptos que asociamos indiscutiblemente a la ciudad?
Históricamente, Barcelona ha sido una ciudad tolerante y diversa, o así se la reconoce en todo el mundo. El papel de la migración a lo largo de los años ha contribuido a construir la ciudad tal y como la conocemos ahora; de hecho, el 20% de la población ha nacido fuera.
Una ciudad portuaria acostumbrada al movimiento y flujo constante de personas, con un puerto que vio partir a muchos barceloneses que se iban a “hacer las Américas” con el mismo sueño de dejar atrás la pobreza y hallar una vida próspera. Y un puerto que aún hoy ve llegar a gente de todo el mundo y que convierte la ciudad en abierta y acogedora.
Lo fue durante la década de los noventa con la población desplazada por las guerras en la antigua Yugoslavia. Pero lo fue también, sin mirar muy lejos en el mapa, durante los años cincuenta y sesenta cuando personas de Andalucía, Murcia y Extremadura buscaron el comienzo de una nueva vida en una ciudad que parecía próspera, con industria, trabajo y oportunidades. ¿No es ese el mismo motivo que aun mueve a las personas a venir a la ciudad?
Barcelona, ciudad refugio
2015 se denominó mediáticamente como el año de la crisis de los refugiados en Europa. Por aquél entonces, muchas ciudades europeas desarrollaron programas o espacios de recepción para los refugiados desatendidos por los sistemas estatales de acogida. Otras, como Barcelona, se postularon como “ciudades refugio” para denunciar las políticas de sus respectivos gobiernos y de la Unión Europea.
El llamado plan “Barcelona, ciudad refugio” se puso en marcha en septiembre de 2015 con el objetivo de “preparar la ciudad para acoger y asistir a las personas refugiadas, proveerlas de los servicios necesarios y garantizar sus derechos”. Así es como se postula en la web oficial. El discurso de la ciudad condal se basa en cuestiones de tipo político y moral y recae en garantizar unos servicios sociales básicos.
El mecanismo a través del cual el Ayuntamiento de Barcelona intenta dar apoyo a los migrantes y solicitantes de asilo es el Servicio de Atención a Inmigrantes, Emigrantes y Refugiados (SAIER). Solo en Barcelona, entre enero y junio de 2020 y a pesar de los meses de confinamiento por la pandemia de la COVID-19 y de las restricciones de movilidad internacional, el SAIER atendió a 11.114 personas. Es una reducción de un 10% respecto al mismo periodo del 2019.
Ciudades en red para garantizar el asilo
Uno de los ejes de trabajo del plan es la acción exterior. Y es aquí donde entra la coordinación y el apoyo mutuo entre ciudades y municipios a nivel europeo. Barcelona forma parte de la red Solidarity Cities (en el marco de EUROCITIES).
Historias de refugio
Detrás de las cifras y de la política hay miles de personas. Y detrás de cada persona, una historia. Un trayecto. Una decisión tomada, tal vez demasiado rápido y demasiado tarde. Tal vez, solo una escapatoria.
Sus historias no hablan por todas las demás. No conforman un retrato tipo de cómo es un refugiado, ni de cómo es su vida en Barcelona. Las historias de Amara, Estefanía, Roba y Hareth son solo cuatro historias de las miles que hay en la ciudad y en el mundo. Son las historias de personas que luchan, lloran, se enfadan, lo intentan, fallan y lo vuelven a intentar.
Cuatro historias que muestran cuatro Barcelonas distintas. Cuatro maneras de vivir la ciudad, de sentirse - o no - parte de ella. Cuatro maneras de averiguar si es tan acogedora como creemos.
¿Por qué huyen? ¿Quiénes son? ¿Cómo llegan a Barcelona? ¿Cómo se sienten aquí?
Amara, Liberia
Durante 2019, en España se registraron 28 solicitudes de asilo de personas procedentes de Liberia. De ellas, dos se presentaron en Barcelona. Una de ellas era la de Amara.
Amara nació en Liberia en 1997, un año después de que terminara la primera guerra civil liberiana y dos años antes de comenzar la segunda. Cuenta su vida sentado en un banco, pero no me mira. Su cuerpo está ahí, pero su mente se ha ido muy lejos: lo veo en sus ojos, en esa media cara que intuyo a pesar de la mascarilla. Repasa su infancia como si no le perteneciera. Como si esa vida fuera la de otro.
“En Liberia fui a la escuela hasta 2014. Iba a uno de los mejores institutos. Me gradué y llegó el ébola, llevándose a dos de mis hermanos biológicos y también mis ganas de seguir allí” comenta. En 2015 se fue por el auge de casos de ébola, solo, rumbo a Guinea: “Lo único que tenía en la cabeza era que quería irme hacia Ghana o Nigeria, donde había un buen sistema educativo. Quería ir a la escuela, seguir formándome”.
De Guinea se fue hacia Mali, con la intención de ahorrar dinero para poder seguir su trayecto. Pero estando allí, conoció a un chico senegalés que le hizo cambiar de idea respecto a su rumbo: “El chico me dijo que por qué no iba a Europa. Ese nunca había sido mi plan. Pero él insistía y, al final, me convenció”. Allí empezaba su largo camino hacia Libia.
Amara posando, cerca de la Plaça de Glòries | Maria Huguet
Amara posando, cerca de la Plaça de Glòries | Maria Huguet
El infierno de Libia
Amara revisando su móvil | Maria Huguet
Amara revisando su móvil | Maria Huguet
Cada vez que menciona Libia su mirada cae al suelo. No le gusta hablar de ello. Tenía diecisiete años cuando le esclavizaron allí. Era un menor sin familia ni amigos que llegó solo, en medio de la noche y de forma clandestina. Atravesó el desierto y en cuanto puso un pie en tierras libias le secuestraron. Trabajó, cocinó y limpió para una gente sin escrúpulos que le golpeaba y humillaba. Se señala los brazos y me enseña unas marcas blancas, pequeñas cicatrices multiplicadas por su piel. Me explica que se las hicieron con un alambre. “De las torturas, mucha gente perdió los ojos, o nunca más pudo volver a andar. Te podían pegar en cualquier sitio. Incluso nos desnudaban. Sin ninguna razón”.
Tras dos años, le dejaron seguir su camino hacia Trípoli, la capital. Amara solo podía pensar en volver atrás, en recuperar su destino inicial. “Pero entrar a Libia es mucho más fácil que salir de ella. Me arrepentiré toda mi vida”.
Amara en Barcelona | Maria Huguet
Amara en Barcelona | Maria Huguet
Camino a Europa
Amara nunca quiso llegar a ese bote hinchable. A encontrarse con esa fina línea que marca la diferencia entre existir o no existir. Que separa Europa de África. Nunca quiso estar al borde de la muerte. En agosto de 2019, subió a bordo de una patera junto a 38 personas sin tan siquiera entender qué hacía allí. Una huida hacia adelante, en medio de un mar que ya se ha tragado muchas vidas y lejos del infierno vivido en Libia que marcó su vida.
Amara no llevaba nada: ni dinero, ni comida, ni una pequeña mochila con sus cosas, ni un móvil. “No tenía ninguna esperanza. Pasamos dos días en alta mar y veía que nuestras vidas iban a quedar olvidadas para siempre. Pero en plena noche llegaron. Fuimos el último barco que el Open Arms rescataba en esa misión”, recuerda.
Fue el 10 de agosto de 2019 en plena madrugada. Esa misma mañana, ya a bordo del buque, Amara se dio cuenta de que pasaba algo. “El capitán vino a decirnos que tanto Italia como Malta habían rechazado ofrecernos un puerto seguro para desembarcar”. Con 163 personas a bordo recogidas en tres naufragios, el barco de rescate Open Arms, de la ONG española Proactiva Open Arms, aguantó casi 20 días en el mar, esperando. Una crisis que dejó en evidencia la falta de una política migratoria común europea. “La situación era insostenible. Estábamos cansados, hartos. Mucha gente saltaba al agua, pero yo nunca salté porque no sé nadar. Fui paciente porque sabía que íbamos a desembarcar, tarde o temprano”. Y así fue; tras semanas de incertidumbre, un fiscal ordenó el desembarco inmediato en el puerto de Lampedusa y la incautación del buque.
Amara antes de su clase en Migracode Barcelona, proyecto a través del cual está aprendiendo a programar | Maria Huguet
Amara antes de su clase en Migracode Barcelona, proyecto a través del cual está aprendiendo a programar | Maria Huguet
Empezar de cero
Ahora, ya hace un año de la llegada de Amara a Barcelona. Vive en Santa Coloma de Gramanet, compartiendo un piso pequeño pero agradable. “La llegada no fue fácil. Fue duro el primer mes, el segundo… y realmente, sigue siendo duro”, confiesa. “Pero ahora, al menos, puedo programar y es una de las mejores cosas que me han pasado aquí”. Amara se refiere a Migracode Barcelona, un proyecto europeo vinculado al Open Cultural Center y la primera academia de código impulsada para refugiados y migrantes.
Estudiantes durante una clase de Migracode | Maria Huguet
Estudiantes durante una clase de Migracode | Maria Huguet
Vincent van Grondelle dirige el proyecto desde hace dos años. “Ofrecemos educación gratuita gracias al apoyo de muchos voluntarios. En ocho meses intentamos enseñarles los pilares de la programación y del diseño web”, explica. “Pero el proyecto no solo se basa en una integración laboral, sino que tiene un importante pilar social. Queremos crear una comunidad, dar apoyo a nuestros estudiantes y ofrecer educación gratuita a aquellos que tal vez no pueden permitírselo”.
Estudiantes durante una clase de Migracode | Maria Huguet
Estudiantes durante una clase de Migracode | Maria Huguet
Barcelona es una de las capitales punteras en el sector tecnológico. Muchas de las oportunidades se concentran aquí, y se posiciona ante el mundo con la etiqueta de tech city. “Hay una demanda de desarrolladores web y por eso pensamos que era ideal crear este proyecto”, explica van Grondelle. Aun así, con el COVID-19 las cosas se han complicado. “Cuesta más que las empresas nos apoyen, que quieran contratar a los estudiantes del curso”, comenta. “Es un reto pero era adaptarse o morir. Así que hacemos clases online y ofrecemos la posibilidad de que unos cuantos alumnos vengan de forma presencial”.
Amara prefiere atender a las clases presenciales. Programar ha sido su vía de escape. Su pequeño proyecto, aquello que, junto a las clases de castellano, mantiene sus días ocupados. “Cuando empecé en este mundo pensaba que sería fácil, pero en cuanto empecé...dije, ¡qué es esto!”, exclama. “A veces no sé ni de qué está hablando el profesor. Pregunto a mis compañeros, busco tutoriales… pero no lo dejaré, siempre que pueda aprender, aprenderé”.
Aun así, su futuro es incierto. El Programa Estatal de Acogida de Solicitantes de Asilo, del que forma parte, no dura para siempre. Una entidad de referencia realiza un acompañamiento durante año y medio. Júlia Pírez es técnica del programa de acogida de la Fundación Autónoma Solidaria y conoce bien el proceso. “El programa estatal se divide en tres fases. Durante los primeros seis se cubre el alojamiento y la manutención; los siguientes, se aporta una ayuda para pagar el alquiler. Pero en los últimos seis meses, ya no hay ayudas”, explica. “Son muy insuficientes y no son reales, hay pocas plazas”.
De hecho, repasando las cifras de España, se llega a una conclusión: es un estado denegador. Y es que, según datos de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), a lo largo de 2019 se presentaron un total de 118.264 solicitudes de asilo. De todas ellas, poco más de 3.000 personas obtuvieron protección internacional. La gran mayoría de solicitudes resultaron desfavorables y los solicitantes pasan a estar en una situación administrativa irregular.
Estefanía, Venezuela
Todas las personas tienen derecho a ser libres de criminalización y cualquier forma de sanción que surja directa o indirectamente de su orientación sexual, identidad de género, expresión de género o características sexuales reales o percibidas.
Según datos de ACNUR, hay más de 5 millones de refugiados, migrantes y solicitantes de asilo venezolanos en el mundo. Es el mayor éxodo actual en América y una de las mayores crisis de desplazamiento a escala mundial. Las personas siguen saliendo del país y no existe una sola causa: huir de la violencia, la inseguridad y las amenazas o de la falta de servicios esenciales en un contexto de hiperinflación. La gran mayoría de ellos vive en países de América del Sur, pero algunos, como Estefanía, deciden probar suerte en España. De hecho, más de 40 mil venezolanos solicitaron asilo en 2019, convirtiéndose un año más en la principal nacionalidad de origen del estado español.
Estefanía vive cerca de Cornellà de Llobregat | Maria Huguet
Estefanía vive cerca de Cornellà de Llobregat | Maria Huguet
Estefanía tiene 31 años, es diseñadora gráfica y vive en Barcelona desde 2017. Huyó de la violencia sexual y de la discriminación por su orientación sexual. “Ser lesbiana en Venezuela es complicado”, explica. El colectivo LGTBI carece de suficiente reconocimiento, especialmente las personas trans. No ayuda que la normativa de protección de los derechos del colectivo sea escasa. “Yo vengo de una ciudad pequeña, de Barquisimeto. Es una ciudad del interior y la mente es más cerrada que en Caracas, la capital. Aun así, Venezuela tiene una homofobia estructural”, asegura.
Y esque, aunque en Venezuela no exista criminalización de la homosexualidad, la legislación protectora es escasa. Según el informe sobre Homofobia de Estado elaborado por la ILGA World, no hay normas que prohíban la incitación al odio por orientación sexual ni esto es considerado circunstancia agravante de los delitos. Tampoco existe reconocimiento del colectivo: les quedan excluidos el matrimonio, las uniones de hecho o la posibilidad de adoptar. Sí existe criminalización en el ejército de la República Bolivariana de Venezuela en virtud del artículo 565 del Código de Justicia Militar, que prohíbe lo que considera “actos sexuales contra natura”.
Detalle de las manos de Estefanía | Maria Huguet
Detalle de las manos de Estefanía | Maria Huguet
Aunque el artículo 21 de la Ley Orgánica del Trabajo prohíbe la discriminación laboral por orientación sexual (entre otros), Estefanía ha vivido en primera persona el despido arbitrario motivado por su orientación. “Trabajaba en una tienda de dulces de un centro comercial. Mi novia de entonces venía a buscarme al trabajo. Pero allá tú no puedes andar con una mujer muy seguido porque enseguida te miran mal”, comenta. “Cuando el gerente se dio cuenta me despidió. Me dijo que no le gustaba la gente como yo”.
Otra de las realidades del colectivo LGTBI en Venezuela es la exposición a mayores riesgos de ser víctimas de agresión sexual, redes de tráfico para explotación sexual y supervivencia sexual. Algo que Estefanía ha vivido y aquello que la impulsó definitivamente a irse del país. “En Barquisimeto viví la desgracia de mi vida. Me violaron una noche en la que yo había salido con mis amigos. Me durmieron con cloroformo y aun no me explico cómo salí viva para contarlo. Nunca le vi la cara al tipo”, explica. “Ahí fue cuando me di cuenta de que, aunque no quisiera, tenía que irme. Estaba asustada y asqueada”.
Según el Monitoreo de femicidios en Venezuela elaborado por el Centro de Justicia y Paz, “las muertes violentas de mujeres ocurren por la influencia de una cultura discriminatoria, basada en una idea de inferioridad femenina, con un fuerte arraigo en estereotipos y roles de género” que naturaliza y justifica la violencia. Es por ello que existe una alta tasa de femicidios que gozan de total impunidad, cifras invisibles para el Estado venezolano. Sólo entre enero y abril de 2020 se han registrado 85 casos.
Encontrar refugio en Barcelona
Estefanía llegó a España en 2017 sin conocer el país. “Me vine pensando que sería un sitio de paso, pero al final encontré mi vida en Barcelona”, explica. “Entonces conocí a Rodrigo Araneda, el presidente de ACATHI”. Las siglas corresponden a la Asociación Catalana para la Integración de Homosexuales, Bisexuales y Transexuales Inmigrantes. Rodrigo convive día a día con historias como las de Estefanía. “ACATHI nació con el objetivo de crear un espacio seguro para todos aquellos que huyen de su país por su condición LGTBI”, explica. “Se ofrece asistencia psicológica, legal, social y laboral, acogida o clases de catalán y castellano”.
Crear un espacio de encuentro de referencia resulta clave en estos casos. Por eso, en la asociación han creado grupos de ocio que permiten la interacción entre personas, tanto migradas como no migradas. “La clave es que se sientan aceptados, parte de algo”. Y Barcelona parece el espacio perfecto para crear esto.
Gracias a ACATHI - y a Rodrigo - Estefanía supo por primera vez qué era una sesión de terapia. “Estuve mucho tiempo traumatizada por lo que me había pasado en Barquisimeto y pude trabajarlo, aceptarme y liberarme”, explica.
Además, Estefanía encontró en Barcelona la oportunidad de seguir trabajando y formándose en lo que le apasiona: el diseño web y gráfico. “Me pasé los primeros meses buscando trabajo sin parar. Y lo encontré. Pero me echaron hace unos meses, a causa del coronavirus”.
A pesar de que el futuro se presente incierto, Estefanía tiene un sueño: “quiero abrir un bar en la ciudad ambientado en el mundo de Harry Potter”, sonríe, “aunque tengo que pagarle los derechos a J.K. Rowling y no lo veo muy viable”, comenta entre risas.
Roba, Palestina
En España, 659 palestinos solicitaron protección internacional durante 2019. De estos, solo 25 recibieron el reconocimiento de la condición de refugiado y 102 protección subsidiaria.
En el mundo hay 5,6 millones de refugiados palestinos bajo el amparo de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA). Es uno de los conflictos más enquistados que ya suma seis guerras, dos intifadas y miles de muertos y refugiados.
Roba nació en 2003 en la Franja de Gaza, aunque el origen de su familia es Beerseba. Vivieron allí hasta la Nakba de 1948, palabra que significa catástrofe y con la que los árabes se refieren al día en el que más de 700.000 personas tuvieron que abandonar sus casas huyendo de la guerra árabe-israelí. El día en el que se convirtieron en refugiados. La familia de Roba tuvo que huir de Beerseba tras el asentamiento de los sionistas. “Se fueron a vivir a Gaza”, explica.
“Yo nací y viví allí hasta 2009. Recuerdo pocas cosas porque me fui con seis años. Pero recuerdo el sonido de las bombas, las casas destruidas”. Tras décadas de conflicto y a causa del bloqueo impuesto por Israel desde 2007 a raíz de la victoria conseguida por Hamas, la situación socioeconómica en la franja de Gaza se ha visto severamente afectada.
Roba sujetando un collar de Palestina | Maria Huguet
Roba sujetando un collar de Palestina | Maria Huguet
La llegada a la ciudad
Son seis hermanos, aunque “para ser una familia palestina, somos pocos”, dice entre risas. En 2009 todos partieron rumbo a Argelia, donde su madre tenía familia. Pero no le gustaba vivir allí. “En 2015 vinimos a Barcelona. Mi hermana estaba muy enferma y necesitaba recibir un tratamiento en el Hospital Sant Joan de Déu”.
Cuando Roba cumplió los doce, ella, sus cinco hermanos y sus padres llegaron a la ciudad como solicitantes de asilo. “La llegada no fue fácil”, recuerda. “Es una nueva vida, un idioma distinto, gente nueva que te gustaría conocer. Pero la verdad es que siempre me he sentido muy acompañada aquí. Nos ayudó mucho la organización Accem”. Ahora, ya tienen permiso de residencia.
Roba está estudiando su último año de bachillerato en el instituto, donde, asegura, se sintió “muy apoyada tanto por los profesores como los compañeros de clase”. Es una chica risueña y me explica que quiere estudiar periodismo, “y sino, derecho”. Lleva la causa palestina en el corazón y en la sangre - también en su cuerpo, puesto que lleva un colgante que nunca se quita con la silueta y la bandera palestina, y una pulsera en la que se puede leer claramente ‘Jerusalém’. “En mi casa se habla de Palestina las 24 horas del día”, dice. “A veces siento que la causa palestina tiene mucho apoyo y a veces no”.
Sentirse en casa lejos de ella
En Barcelona, la comunidad palestina se reúne en La Casa de Palestina a Catalunya, en la calle Biscaia. “Es como una gran familia. Organizamos actividades, talleres de sensibilización, concentraciones… aunque ahora, con el coronavirus, hemos tenido que pararlo todo y lo echo de menos”, comenta. Los últimos datos disponibles cifran en 162 los palestinos que viven en la ciudad.
Aunque Roba no olvida Palestina, nunca ha podido volver. Pero su intención es quedarse en Barcelona. “Lo que me encanta de estar aquí es la multiculturalidad. Todo el mundo se mezcla, no importa si eres sirio, palestino, afgano o pakistaní”. Roba ha encontrado en Barcelona un lugar al que puede llamar hogar. Pero sin olvidar sus raíces.
Hareth, Irak
En España, 118 iraquíes solicitaron protección internacional durante 2019. Diecisiete lo hicieron en la provincia de Barcelona. Solo a cuatro se les reconoció el derecho a la protección subsidiaria.
Hareth es un psicólogo iraquí de 32 años. Lleva cinco deambulando por Europa. Su periplo incluye nueve países: Turquía, Grecia, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suiza y, por último, España. Llegó a Barcelona a principios de 2019 y, aunque ha intentado buscar un futuro, “a día de hoy sigo sin encontrarlo”, reconoce.
“Dejé mi país por la crisis del ISIS y la guerra. Soy sunita y fui perseguido tanto por el Gobierno Iraquí como por Estado Islámico”, explica. Tras la toma de Mosul por parte de Estado Islámico en 2014, se puso en marcha una campaña sistemática para erradicar la presencia de todo aquello que fuese considerado “no islámico”. Esto incluía conversiones forzadas, destrucción de propiedades civiles y religiosas o asesinatos masivos. “Intenté escapar de Irak, pero fui capturado por ISIS en el desierto de Siria. Estuve bajo tierra, en una especie de búnkers, creo que durante mes y medio. Perdí la noción del tiempo. Mi delito había sido beber alcohol durante el control de ISIS en mi ciudad”, explica. “Me aseguraron que si lo volvía a hacer me cortarían el cuello, y pagué mucho dinero para que me dejaran salir de allí”.
Hareth volvió a Mosul y se encontró su casa en ruinas y el coche destrozado. En la llamada capital de ISIS, era habitual que se investigara a gente que trabajaba para el gobierno o la armada irakí. “Mi padre fue un general importante de la armada. Los de EI vinieron a casa para llevárselo. Intenté evitarlo y me dispararon en la cabeza”, dice enseñando una cicatriz más arriba de la nuca. “Se lo llevaron y en ese momento intenté buscar la manera de escapar de nuevo”.
De Mosul consiguió llegar a Bagdad, donde le capturaron de nuevo y pasó cinco meses en la cárcel. “Conseguí salir de allí porque soborné al juez, funciona así”, comenta. Consiguió un pasaporte para comprar un vuelo a Turquía. Su objetivo era intentar llegar a Europa. “Desde pequeño, mi sueño era estar en Inglaterra, porque mi madre es profesora de inglés y mi padre estudió en Londres durante los años ochenta. Mi objetivo era llegar a Reino Unido, pero la gente me decía que primero debía llegar a Europa y luego ya encontraría la manera”.
Hareth sentado en Plaça Catalunya | Maria Huguet
Hareth sentado en Plaça Catalunya | Maria Huguet
Próxima parada: Europa
Hareth muestra la cicatriz que le quedó tras recibir el disparo | Maria Huguet
Hareth muestra la cicatriz que le quedó tras recibir el disparo | Maria Huguet
Cruzó el mar Egeo hasta llegar a la isla de Kios, en Grecia, donde esperó siete meses a que se validara su solicitud de asilo. “Estando en Grecia me di cuenta de que Europa es una mierda. No lo imaginaba así, pensaba que sería un paraíso”, confiesa. “No sabía qué hacer y tuve que forzarme a trabajar como voluntario. Así conseguí estudiar inglés”.
Hareth explica que a mucha gente le sorprendía que alguien como él, un “refugiado”, tuviera tantos conocimientos. “No me gusta que me etiqueten como refugiado. La gente se piensa que no sabemos nada y muchos venimos con carreras o de familias cultas”. Cada vez que pronuncia esa palabra, la dice entre muchas comillas. “¿A caso no vivimos en un solo planeta? ¿Qué sentido tienen las fronteras?” se pregunta, indignado.
Llegó a Barcelona gracias a un programa del Open Cultural Center. Con sede en Atenas y Barcelona, esta organización tiene como objetivo promover la inclusión social de los refugiados y solicitantes de asilo mediante actividades educativas y culturales en España y Grecia. La finalidad es que estas actividades también sirvan para concienciar, sensibilizar y fomentar el intercambio cultural. “Trabajé durante un año como voluntario, enseñando árabe y participando en actividades de sensibilización”. Pero cuando se acabó el proyecto, Hareth se quedó sin nada. “Barcelona me gusta, pero tras el confinamiento, me he quedado sin oportunidades y sin sitio donde quedarme. No puedo permitirme vivir aquí”, reflexiona.
Hareth en Plaça Catalunya | Maria Huguet
Hareth en Plaça Catalunya | Maria Huguet
Durante la pandemia, las solicitudes de asilo se congelaron. Las personas que tenían cita para rellenar su solicitud tuvieron que esperar meses para poder regularizar su situación. Algunas, no pudieron ni llegar a pedir cita, quedando desprotegidas a nivel administrativo y sin acceso a ninguna ayuda.
Ahora, Hareth ha tenido que volver a Grecia para renovar su documento de identidad. Habla seis idiomas (incluso chapurrea el catalán), es psicólogo y, aun así, Europa no reconoce su formación. “Mi vida en Irak era mejor que la que tengo en Europa. ¿Sinceramente? Preferiría volver a casa. Lo echo de menos. Sé que no es posible pero, si pudiera, volvería a Irak mañana mismo”, concluye.
Algunos quieren volver a casa. Otros, han encontrado su refugio en Barcelona. Otros, siguen sin un rumbo fijo. Todas sus historias tienen un punto en común: a través de la educación y la cultura han encontrado su espacio en la ciudad. Tras analizar algunos de los proyectos que tienen lugar en Barcelona, surgen varias reflexiones.
Barcelona no es perfecta. Podría ser más contundente a la hora de abordar la grave desprotección y vulneración de derechos que viven las personas migrantes ante leyes como la de Extranjería: laberintos burocráticos que categorizan entre ciudadanos de primera (con papeles) y de segunda (sin papeles). Pero su posición de ciudad europea abierta a acoger juega un papel clave en un contexto donde la Unión Europea blinda y fortifica sus fronteras ante un auge de políticas xenófobas.
También es relevante ver desde qué posición se habla. ¿Deben las administraciones públicas y las oenegés definir las necesidades de las personas refugiadas o solicitantes de asilo? ¿Hasta qué punto sus voces cuentan?
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