"El médico solo viene una hora a la semana"
Honorato Gutiérrez, de 76 años, no necesita consultar el calendario para saber qué día es el que viene el médico. Solo una vez por semana, y durante apenas una hora, se abre la consulta en Cotanes del Monte, un pequeño municipio zamorano que no supera los 60 habitantes en invierno, que ya no tiene colegio, ni tiendas, ni farmacia.
“Antes había de todo”, recuerda. Ahora, lo único que permanece es el bar. Y las casas vacías.
Castilla y León ha perdido más de 150.000 habitantes en solo diez años y casi el 60% de su población en los últimos 50 años.
La mayoría de sus 2.248 municipios son pequeños, envejecidos y dispersos: más del 95 % no alcanza los 2.000 vecinos. En aquellos con menos de 1.000 habitantes, la falta de servicios básicos como centros médicos, bancos, farmacias o autobuses obliga a sus vecinos a desplazarse decenas o incluso cientos de kilómetros para resolver gestiones mínimas.
Su historia es también la de tantos otros vecinos de Castilla y León que viven en pueblos donde ya no pasa el autobús, donde el coche es imprescindible para acudir al médico o comprar una barra de pan, y donde las persianas bajadas de los comercios reflejan el cierre progresivo de servicios esenciales.
Desaparecen los bancos, cierran los ultramarinos, y las calles pierden vida y servicios a la vez: todo se desvanece al ritmo en que menguan los censos. El ciclo se repite en cientos de pueblos castellano y leoneses. De hecho, mientras otras regiones españolas crecían, Castilla y León comenzaba a vaciarse: lleva más de seis décadas perdiendo población de forma sostenida.
La pérdida de servicios esenciales hace que vivir en el medio rural sea cada vez más difícil, sobre todo para los vecinos mayores, que a menudo resisten en soledad.
Castilla y León ha pasado de casi 2.600.000 a cerca de 2.390.000 residentes entre 2010 y 2021, o lo que es lo mismo, ha perdido 150.000 personas —más del 4 % de su población en una década—, según el INE. Su padrón menguaba de media a un ritmo superior a 175 habitantes cada semana.
Elaboración propia
Se trata, además, de una comunidad envejecida: más de una cuarta parte de la población supera los 70 años.
Elaboración propia
Andrés Vázquez, de 57 años, también vecino de Cotanes del Monte (Zamora), afirma que se vive "muy mal" como consecuencia de los pocos servicios de los que disponen en el municipio: "faltan médicos y comunicaciones", afirma el cotanero.
Detrás de las cifras de la despoblación hay nombres, voces e historias personales. Las que siguen son cuatro vidas que ilustran cómo es habitar un territorio con cada vez menos servicios y más dificultades enel día a día.
Jesús Vitores (Villaverde-Mogina, Burgos, 40 vecinos): "En invierno es un poco triste porque hay muy poca gente... el 95% de las casas estaban habitadas y ahora habrá un 15% o un 20% (habitadas)".
El cierre de viviendas es una de las señales visibles del retroceso demográfico. Con el tiempo, el abandono las va deteriorando. Muchas de ellas permanecen cerradas desde hace años. Sin mantenimiento ni uso, se deterioran poco a poco con el paso del tiempo.
"Poli" (Valdemorilla, León, 10-15 habitantes): "Yo he visto marcharse a todos". Con el paso de los años, Poli ha sido testigo de cómo el pueblo se vaciaba poco a poco. Hoy, quienes aún residen allí son cada vez menos y más mayores. Ya no quedan jóvenes en Valdemorilla y nadie ha venido a ocupar su lugar.
Pepe Vázquez (Torremormojón, Palencia, 10-15 habitantes): "Dicen que la tranquilidad es buena, pero la soledad es peor".
Viudo desde hace años, pasa la mayor parte del tiempo solo. En invierno, cuando el frío encierra a los pocos vecinos en sus casas, pueden transcurrir días sin que Pepe se cruce con nadie por las calles de Torremormojón. "Este pueblo es mi pueblo. Ni más ni menos...", dice con firmeza. A pesar del silencio y la falta de compañía, mantiene vivo el compromiso de quedarse. “Intentaremos mantenerlo todo el tiempo que podamos”.
Teodoro Martín (Matilla de los Caños, Valladolid, 40-45 vecinos): "Diversión y eso aquí no... entonces sí había jaleo, pero ahora ya no".
Su nieto, Sergio, es el único niño que ha habido en el municipio en los últimos 10 años. Durante este tiempo, Sergio ha sido el único en edad escolar del municipio, sin compañeros con los que compartir juegos.
Purificación Collado, 90 años (San Esteban de Zapardiel, Ávila, 17-23 habitantes): "Están todas las casas caídas... está abandonado... hay poca gente, porque la gente se ha ido, y aquí estamos los mayores".
A pesar de la crudeza de sus palabras, las pronuncia con una media sonrisa, como si ya no quedara más que tomarse la realidad con humor. Purificación recuerda una época que ya no volverá: “Cuando éramos jóvenes aquí había mucha juventud”. Entonces, las calles se llenaban de voces, de bicicletas, de fiestas y de trabajo. Hoy, el silencio solo lo rompen testimonios como el suyo, que relatan el cambio con lucidez y la sabiduría de quien ha vivido casi un siglo en ese mismo lugar.
Castilla y León se erige como la comunidad autónoma más extensa de España y de toda la península ibérica: 94.223 km², más que países como Portugal o Hungría. Sin embargo, su población no deja de menguar: según datos del INE, en 2023 estaban empadronadas 2.383.703 personas, frente a los más de 10,6 millones de Portugal en ese mismo año, según Datosmacro. El contraste entre el tamaño del territorio y su escasa densidad humana se ha convertido en una amenaza real para la sostenibilidad del medio rural. “Hay más dificultad de atender adecuadamente los servicios y eso produce un rechazo rural”, afirma Fernando Molinero, experto en geografía rural y profesor emérito de Geografía en la Universidad de Valladolid.
Fernando Molinero aclara que ese "rechazo" se manifiesta en la percepción creciente de que el mundo rural no ofrece garantías básicas: los servicios escasean, las distancias aumentan y las soluciones no llegan. En consecuencia, la gente se marcha.
Muchas veces, quienes podrían instalarse o regresar a estos pueblos terminan descartándolo por falta de médicos, transporte o conexión digital. En invierno se agudiza ese aislamiento: “Quedarse en los pueblos en invierno es un acto de heroicidad”, añade Molinero, aludiendo a la soledad y las condiciones extremas que soportan quienes deciden permanecer en ellos.
El coche, una necesidad diaria en los pueblos sin servicios
Esther Redondo vive en Albires (50 habitantes), León, y necesita conducir todos los días para ir a trabajar y realizar cualquier trámite.
La escasez de opciones de transporte es uno de los grandes vacíos del medio rural. El transporte público ha desaparecido de muchas rutas.
“Yo tengo que coger el coche todos los días. Servicios en un pueblo no hay", explica. En su caso, no hay otra alternativa.
Cada día, conduce cerca de 50 kilómetros para llegar a la clínica estética en la que trabaja, hacer la compra o acudir a cualquier cita médica o administrativa.
No es una excepción, sino un reflejo de dos realidades cada vez más extendidas en el medio rural: la desaparición del transporte público y de los servicios esenciales. Estas carencias obligan a depender del vehículo privado para todo, incluso para lo más básico.
¿Y las personas mayores que viven solas y sin coche? Elvira Montoya, a sus 93 años de edad, vive sola en Valles de Palenzuela (Burgos), un municipio de 25 habitantes. Elvira nunca ha tenido coche. Cada día depende de los pocos vecinos que quedan para tareas básicas. Si necesita ir al médico o hacer una compra, no tiene más remedio que pedir ayuda. No hay tienda, ni farmacia, ni transporte público.
“Yo estoy aquí solita, si necesito algo dependo de los vecinos”, comenta con preocupación. La falta de recursos y de personas hace que muchas veces Elvira se sienta aislada y vulnerable, sin alternativas para desplazarse o recibir atención inmediata.
A principios del siglo XX Castilla y León representaba más del 12% de la población nacional; hoy apenas roza el 6%.El descenso de densidad es otro de los síntomas de la despoblación. Si en 1960 había 31,1 habitantes por km², en 2019 la cifra bajó a 25,6. En el mismo periodo, la media nacional subió de 61 a 93,2 habitantes/km².
Elaboración propia
Las densidades tan bajas de los pueblos de la comunidad complican la prestación de servicios y dejan a los alcaldes ante desafíos continuos. Gestionar un municipio con pocos recursos y población envejecida obliga a tomar decisiones difíciles cada día.
Pilar Pastor, alcaldesa de San Esteban de Zapardiel, un municipio que apenas supera los 20 habitantes, en Ávila, forma parte de esa generación de vecinos que ha vivido el retroceso de los pueblos desde dentro. La suya es una mezcla de resistencia, frustración y resignación.
"Es muy triste… yo a esto no le veo futuro... Yo no le veo solución", afirma Pilar con la voz quebrada.
No es una escena aislada. Su pueblo es solo uno de los cientos de la comunidad que reflejan un patrón común: densidades de población inferiores a los 12,5 habitantes por km. La Unión Europea califica ya esta situación como "desierto demográfico". De hecho, en provincias como Soria, la despoblación es tan severa que ha sido reconocida por las instituciones europeas (junto a Teruel y Cuenca) como una de las áreas escasamente pobladas del sur de Europa o SSPA (Soutthern Sparsely Populated Areas).
¿Cuál es el futuro?
La previsión para Castilla y León es aún más sombría: en los próximos diez años, la comunidad podría perder un 10% adicional de su población, lo que supone otros 239.000 habitantes.
Ante este escenario, quienes permanecen en sus pueblos narran cómo es vivir sin apenas servicios, con dificultades laborales o sin opciones de relevo generacional. Vecinos que hablan a través de la experiencia propia, desde la realidad cotidiana de sus pueblos y desde dentro del medio rural de Castilla y León.
Los pueblos en los medios de comunicación
La manera en que los medios narran lo que ocurre en los pueblos es clave. La imagen que proyectan muchas veces es negativa o estigmatizante.
Juan Navarro, periodista en El País, especializado en información rural, defiende una cobertura más humana, cercana y que ponga rostro y voz a quienes siguen viviendo allí.
“Hay una crisis galopante en los pueblos en forma de abandono, despoblación, falta de internet o falta de infraestructuras… pero también hay oportunidades”, sostiene Juan.
Para Navarro, los pueblos pueden ser el sitio donde emprender, teletrabajar, criar a una familia o vivir con dignidad. Con o sin ganado. Con o sin huerta. “A nosotros quizá no nos apetece ser ganaderos —dice Navarro—, pero podemos tener nuestros estudios avanzados y estar afincados en un pueblo perfectamente”.
Juan lo resume con una palabra,“crisistunidad”.
Una fusión entre crisis y oportunidad. Porque, incluso en el abandono, hay margen para empezar algo nuevo.
¿Aún estamos a tiempo de salvar los pueblos?
El presente reportaje multimedia es resultado del TFG: "Castilla y León, un pulso contra la despoblación", del Grado en Periodismo de Diego Carreras de la Universidad de Valladolid.