ELIZABETH SPARKLE
AUTOPSIA DEL REEMPLAZO
No nos hizo falta ningún escándalo para dejar de brillar. Ninguna caída ni portadas sensacionalistas. Solo una arruga, tímida, pero imperdonable, dibujándose como una grieta en el mármol que deberá ser desechado. Una sombra bajo el ojo que ya no se desvanecía con corrector, un suspiro sostenido, un segundo más allá de lo estético fue suficiente. El mundo que antes la celebraba con luces y aplausos, giró el rostro con la indiferencia de quien ya ha elegido a su próxima sustituta, alimentando una rueda que aplasta a las anteriores, y que solo da paso a la novedad y lo fresco. La juventud, fiebre dorada que nadie retiene del todo, lentamente nos abandona, y, lamento decirte, que rara vez esto se perdona. Aunque, ¿es cierto que ya tenemos una aparente solución para esta imperfección?
Como Elizabeth Sparkle, atrapada en su relato de agujas, espejos rotos y belleza destilada en frascos, también nosotros nos encontramos de cara con la monstruosidad de esta nueva era: una pandemia estética que ya no necesita máscaras, porque todos la llevamos puesta. No hay lugar, hoy, para aquellas mujeres que eligen no intervenir su cuerpo con bisturís o ácido hialurónico como rito de paso. El bótox ya no es extravagancia; es rutina. El Ozempic toma el testigo prometiendo delgadez sin sacrificio. Filtros y más filtros, nos dibujan versiones falsas de nosotros mismos, mientras perfiles fitness e influencers de laboratorio recitan con voz dulce las nuevas escrituras del cuerpo ideal. “Haz esto. Come aquello. No comas lo otro…” Keto, ayuno intermitente y numerosas variantes de dietas restrictivas. Nos aventuramos a este mundo sin conocer, siquiera, el verdadero significado de este concepto tan recurrente.
"Tenemos un concepto erróneo de dieta. Dieta es el hábito que tenemos comiendo, sin más. Esa es la definición de dieta. ¿Qué pasa? Que hoy en día la dieta se asocia a restricción, restricción igual a delgadez, delgadez igual a éxito y salud."
Cristina AM Nutrición, graduada en nutrición y dietética y experta en patologías digestivas
Y bajo esa superficie de bienestar impostado, un ejercicio silencioso de cuerpos ansiosos tambaleándose en la cuerda floja: entre lanzarse al vacío de la modificación perpetua o perderse en la niebla del deterioro emocional. Ya no somos dueños del cuerpo. Somos sus arquitectos desesperados por cumplir.
La propia elección de Demi Moore como protagonista de esta historia de horror no es una simple coincidencia, sino una declaración cargada de intenciones. Famosa por sus papeles en Ghost o Los Ángeles de Charlie, Moore fue una de las figuras más aclamadas por la industria, pero también, convertida en víctima de la misma maquinaria que la catapultó a la fama. Su imagen, constantemente observada, fue objeto de juicio y crítica, tanto por sus decisiones estéticas como por sus relaciones con actores más jóvenes. En un Hollywood que celebra la juventud como un bien preciado y desechable, su carrera empezó a desmoronarse, siendo gradualmente relegada a un segundo plano, a pesar de su indiscutible talento y legado.
Con su avance silencioso, evidenciando que todos somos vulnerables ante ella, la pandemia estética ha sembrado a su paso una estela de cuerpos fracturados, marcados tanto por la mirada interna como por la ajena. Ha desencadenado, de forma alarmante, el auge de trastornos como la dismorfia corporal y los trastornos de la conducta alimentaria (TCA). Profesionales de la psicología, como María Vallejo Guardiola, psicóloga general sanitaria y especialista en Terapia Sistemática Familiar, nos brindan una visión profunda de cómo estos trastornos coexisten a nuestro lado, infiltrándose en nuestra cotidianidad, y de qué manera nos afectan de forma insidiosa en nuestra percepción y bienestar.
También, las redes sociales se han convertido en el espejo de esta era moderna, pero, a diferencia de un espejo sincero, nos devuelven versiones alteradas y filtradas de nosotros mismos. Esta poderosa influencia ha moldeado profundamente la percepción de los más jóvenes respectos sus propios cuerpos. Estudios como el realizado por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) pone en evidencia esta alarmante realidad, revelando que un 31,9% de las adolescentes sienten la presión de las representaciones corporales que inundan las redes sociales, en comparación del 23,5% de los adolescentes que se ven igualmente afectados.
En plataformas como TikTok e Instagram, la normalización de los retoques estéticos se ha convertido en un tema cada vez más recurrente. Esta tendencia, que parece inofensiva a simple vista, se evidencia con el aumento alarmante en este tipo de intervenciones, traduciéndose en un 215% en 2021 en España. Esta escalofriante cifra no solo refleja la ansiedad corporal en nuestra sociedad, sino también cómo el culto al cuerpo ha aplacado cada rincón de nuestras vidas, llevando a muchos a modificar lo que ya es suyo en busca de una perfección esquiva y, muchos casos insostenibles.
Y así, como Elizabeth, hemos aceptado recibir cada juicio y cada observación quirúrgica disfrazada de consejo. Nos señalan aquellos pliegues que deberíamos corregir. Y lo aceptamos. Callamos. Esperamos, con una mezcla de pena y vergüenza, aquella tarjeta de despido que nos recalque lo brillantes y perfecto que “éramos”, como si aún pudiéramos ser restaurados a una versión anterior de nosotros mismos. En ocasiones, nos adentramos en la duda de dónde empezó todo y sí, esta latente obsesión, es algo del ahora y no del pasado.
SANGRE, KOHL Y CARMÍN: BELLEZA EN TIEMPOS DE IMPERIO
La Fuente de la Eterna Juventud, mencionada por primera vez en las narraciones de Heródoto en el siglo IV a.C. y caracterizada por sus aguas densas como el aceite, se ha convertido en un enigma que la humanidad ha perseguido e intentando replicar incansablemente a lo largo de los siglos. La historia y la cultura popular han amplificado este anhelo, dando lugar a innumerables mitos, remedios y expediciones fallidas. Porque sí, nos debemos remontar a tiempos antiguos para comprender esta devoción al cuerpo perfecto.
Descendiendo hasta la antigua Grecia, el cuerpo no era solo carne y músculo: era un templo visible del alma, una escultura viva de virtud y equilibrio. En cada mármol tallado, los dioses y héroes no solo mostraban fuerza, sino una estética cuidadosamente orquestada que unía lo físico con lo espiritual. La belleza no era superficial, sino sagrada; una señal divina de orden, control y excelencia.
El culto al cuerpo alcanzaba a hombres y mujeres por igual, pero con exigencias distintas. Mientras los varones eran moldeados como emblemas de poder y disciplina, las mujeres debían encarnar una gracia calculada: extremidades esbeltas, cinturas generosas, curvas pronunciadas, etc. Perder esa belleza no solo significaba caer en desgracia, sino convertirse en símbolo de castigo y monstruosidad. Así lo ilustra el mito de Medusa, figura trágica en la que el cuerpo femenino, violado y castigado, se transforma en advertencia. Su esplendor robado, su melena convertida en serpientes, nos recuerda que, en una cultura que divinizaba la forma, el quebranto de la belleza era tan temido como la pérdida del alma.
Egipto, cuna de dioses y desiertos eternos, donde el cuerpo humano era visto como una extensión del cosmos, los hombres y mujeres embellecían sus pieles con aceites aromáticos y delineando sus ojos con kohl oscuro. Entre estas figuras, encontramos a la última reina del Nilo, Cleopatra, referente de astucia política con una obsesiva devoción por la juventud eterna. Más allá de sus alianzas amorosas con Julio César y Marco Antonio, Cleopatra cultivó su leyenda a través de numerosos baños en leche de burra en clave de elixir ancestral, aprovechando el ácido láctico como un suave corrosivo del tiempo y un secreto que siglos después volvería a las fórmulas de la cosmética moderna.
Pero si Cleopatra buscaba la belleza como un arte sagrado, en la Europa de siglos posteriores surgiría una figura mucho más siniestra, una mujer cuyo culto a la juventud se tiño de rojo carmín. Elisabeth Báthory, o más conocida como la “Condesa Sangrienta” y emparentada con el infame Vlad el Empalador, mantenía su belleza a través de largos baños de sangre de doncellas. Se le atribuyen seiscientas cincuenta muertes, un número que congela incluso al tiempo y encarna el rostro más oscuro del deseo por desafiar la decadencia del cuerpo. Quizás, este fue el alto precio que decidió cobrar esta condesa para obtener su preciada sustancia para la eterna juventud.
La exageración llegó a su cúspide con la amante de los pasteles, María Antonieta, al menos antes de perder la cabeza, caracterizada por utilizar polvos de arroz sobre su cuerpo y lucir cabellos empolvado en colores extravagantes. Durante el Siglo VII, la belleza y la imagen se vio fuertemente vinculada por la moda, dictando como la población debía lucir, al menos, aquella de alta cuna presente en los múltiples festejos que enfurecieron al pueblo.
Sin embargo, los dorados años veinte se alzarían en este sector con uno de los emblemas más indeseables de la presión hacia la figura deseada con sus primeros concursos de belleza, institucionalizados después de la Segunda Guerra Mundial y consolidando un ideal físico, traducido por medidas marcadas para convalidar el certificado de mujer deseada. Aquella temible 60-90-60 del Siglo XX, llegó a una cifra más inquietante aún, con los 54 kilos impuestos a modelos de pasarelas que rozaban los 1.80 m de altura. La belleza, de nuevo, se convierte en una fórmula matemática y una posibilidad de descarte. Figuras, hoy veneradas como emblemas eternos del atractivo femenino, como Marilyn Monroe, habrían sido descartadas por no encajar en esos rígidos estándares y tachada de “fuera del peso ideal”.
Sin duda, no hace falta buscar entre fantasmas para encontrar donde reside el verdadero horror contemporáneo y la nueva herramienta para inculcarnos nuestro peso y aspecto ideal. A veces, basta con abrir Instagram o deslizar el dedo por TikTok. Películas recientes como Bodies Bodies Bodies o Cam ya se han atrevido a explorar, desde el terror, los rincones oscuros del narcisismo digital y la construcción artificial de la identidad. Como en una versión moderna de Black Mirror, los filtros embellecedores se han vuelto máscaras diarias, tan normalizadas que muchas personas apenas reconocen su reflejo sin ellas.
EL NUEVO HORROR:
CUANDO LA BELLEZA SE VUELVE QUIRÓFANO
La juventud se ha convertido en una especie de religión, y su altar preferido no es otro que el quirófano. Como si se tratara de un argumento de terror contemporáneo, dónde el asesino no es más que aquella figura que padeció las consecuencias del sentimiento de volverse invisible cuando su piel se arrugó por el tiempo, como es el caso de aquella aterradora y triste Pearl, las mujeres protagonizan una carrera silenciosa, pero implacable, contra el envejecimiento. Y, no es una metáfora: la industria estética y farmacéutica ha convertido esa ansiedad cultural en un mercado millonario, donde la promesa de juventud eterna se sirve con bisturí y jeringa. ¿Quién no se ha planteado nunca apoyar su aspecto con alguna que otra inyección, ya sea, poniendo como foco sus labios o algún que otro aspecto que refleje cansancio?
Desde hormonas milagrosas hasta cirugías faciales de alta precisión, muchas mujeres son empujadas a dar el paso hacia este tipo de tratamientos que, más que curar, maquillan el transcurrir del tiempo. Todo bajo el disfraz de una medicina “moderna”, que ha sabido vender el envejecimiento como una enfermedad a combatir. La historia, sin embargo, no es nueva. El cuerpo de la mujer ha sido medicalizado durante siglos y esa presión perdura hasta nuestros días: terapias hormonales para silenciar la menopausia, extirpaciones del útero para tratar la llamada “histeria” y una visión patológica de la edad madura como una pérdida de feminidad.
En España, el 85% de las intervenciones de cirugía estética recaen sobre mujeres, perteneciendo solo un 15% correspondiendo a hombres. Pero esta brecha va mucho más allá de los números: es un reflejo profundo de una carga cultural que pesa con fuerza desigual. Para muchas mujeres, la apariencia no es una cuestión de gusto personal, sino una exigencia silenciosa, casi un mandato social.
Esa presión, difusa, pero persistente, se infiltra incluso en los entornos profesionales de la salud y la nutrición. Los estigmas no solo afectan a quienes buscan cumplir con los cánones, sino también a quienes se supone que deben guiarlos. Se espera, por ejemplo, que un monitor de gimnasio encarne el cuerpo perfecto que predica, o que una nutricionista luzca como un modelo de revista para ganar credibilidad. En muchos casos, su físico se convierte en su carta de presentación más poderosa, más valorada incluso que sus conocimientos y profesionalidad. Porque, ¿de qué sirve haber entregado años de carrera, de formación, de pasión profesional, ya sea en una consulta médica o frente a las cámaras, si basta con que el cuerpo deje de ajustarse a las exigencias del guion para ser reemplazada? Sparkle lo supo bien: tras brillar en aquel programa fitness que la convirtió en referente, siendo apartada sin ceremonia cuando su cuerpo dejó de ser “ejemplo”.
Según el informe de 2023 de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (ISAPS), se realizaron cerca de 35 millones de procedimientos estéticos en todo el mundo, un aumento del 3,4% respecto al año anterior. Una cifra que confirma lo que ya intuíamos: la promesa de una versión mejorada de uno mismo ya no es una excepción, sino una industria en auge.
Como en aquellos imaginarios de terror, más reales de lo que parece, el cuerpo femenino se convierte en el campo de experimentación, donde belleza y violencia se entrelazan con una inquietante naturalidad. No hace falta un laboratorio clandestino para ver cómo se nos inocula, día tras día, la idea de que lo natural ya no basta. Y como en toda buena película de horror, esa que, sin darnos cuenta, estamos protagonizando. Nos descubrimos frente al espejo, escrutando con lupa cada “defecto”, cada signo de tiempo, cada curva que se escapa del molde. Justo ahí, en el borde del lavabo, reposa ese frasquito de un verde casi radiactivo. Prometiendo cambio, promesa y perfección. Una sola inyección para empezar de nuevo.
¿SUENA TENTADOR, VERDAD?
SUE
EL BEAT QUIRÚRGICO DE LA BELLEZA MEDIÁTICA
La sustancia ya está dentro de ti, corriendo por tus venas, aquel líquido peligrosamente adictivo que trata de solucionar aquello que tus ojos no quieren ver. Remedio que se infiltra más allá del torrente sanguíneo: busca alojarse en la identidad, en el espejo, en la forma en que otros te miran. En silencio, empieza a corregir lo que tus ojos ya no toleraban: las arrugas que gritaban “tu tiempo ya ha pasado”, los kilos que decidiste borrar a cambio de una cicatriz que ahora escondes con prendas estratégicas y silencios bien entrenados.
La transición es discreta, casi quirúrgica. Hay un antes y un después, pero nadie habla de ese “durante” áspero, incómodo, ansioso y desbordado de inseguridad que la industria estética calla y las redes editan. Y ahí estás tú, frente a las pantallas publicitarias que repiten la misma silueta a la que debes aspirar: cinturas imposibles, pieles pulidas hasta el exceso, sonrisas perfectamente medidas. Las ves en televisión, revistas, en el scroll infinito que repite que tu cuerpo aún no es suficiente.
De nuevo, te plantas frente al blanco quirúrgico de aquel baño, que parece recordarte a aquel lugar donde dejaste atrás una antigua versión de ti. La nueva dosis espera. Esta vez para resolver un nuevo defecto que ayer ni siquiera sabías que tenías, o incluso, que creías que habías corregido.
Porque sí, a todos nos gustaría lucir la confianza que Sue desprende. Imposible no verla. Caminando como si todo el mundo fuera su pasarela. El brillo en sus ojos no es casual, recordándonos de dónde viene esa perfección; y la forma en que levanta su mentón tampoco es ingenua: Ella sabe lo que tiene. O mejor dicho, sabe lo que “ahora” tiene. Porque, si algo encarna, el personaje de Margaret Qualley es el rostro exitoso del conocido Pretty Privilege, sistema invisible y cotidiano que premia la belleza con sonrisas, puertas abiertas, likes y oportunidades. Sistema que Elizabeth sufre, pero que Sue disfruta por momentos, momentos en los que su voz vuelve a importar. Cuando el mundo empezó a decirle de nuevo que sí.
Pero, lo que nadie te cuenta, es que el Pretty Privilege, no es solo una recompensa; sino también es una trampa. Porque cuando te acostumbras a ser vista con deseo, temes volver a ser ignorada. Cuando te conviertes en la Sue del relato, debes mantener el estándar que tanto sacrificio lleva con ella. No puedes permitirte flaquear, subir kilos, olvidar el retoque, o algo tan inevitable como envejecer. La sustancia no solo se mete bajo la piel: se instala en la autoestima, en la necesidad constante de validación. Y, ahí, está el verdadero terror.
Aquel medicamento milagroso ahora tiene nombre y apellido en nuestra realidad. Ozempic, el remedio popular entre las estrellas. Desarrollado por la farmacéutica Novo Nordisk en 2012 con el propósito inicial de tratar la diabetes tipo 2, ha mutado en una potente herramienta contra los kilos rebeldes que tanto odiamos.
Ozempic y su hermano Wegovy, comparten el mismo ingrediente estrella: la semaglutida, análogo de la hormona GLP-1, encargada de regular tanto el apetito como los niveles de glucosa. Esta molécula actúa estimulando la secreción de insulina desde el páncreas, favoreciendo a su vez el crecimiento de las células beta y frenando la liberación de glucagón. ¿El resultado? Menor producción de glucosa hepática y una regulación más eficiente del azúcar en sangre. Pero, el verdadero gancho de la semaglutida recae en otra de sus virtudes, en específico, su capacidad a la hora de frenar el apetito, ralentizar la digestión y generar una prolongada sensación de saciedad.
Sus resultados se escriben con cifras contundentes y respaldo científico. Según un estudio publicado en The New England Journal of Medicine, adultos con un índice de masa corporal cercano a 30, tratados con 2,4 mg semanales, lograron una pérdida promedio del 15% de su peso corporal. Un número que no solo adelgaza cuerpos, sino barreras entre lo médico y lo estético.
Pero, el verdadero peso del fenómeno se mide en clics, euros y titulares. De acuerdo con Evaluate Pharma, el mercado del que hoy es, sin duda, el medicamento estrella de Novo Nordisk, podría generar más de 102.000 millones de euros entre 2024 y 2028. ¿Y en la red? Ozempic no solo arrasa en farmacias: también es el medicamento más buscado en Internet, con un aumento del 307,7% en búsquedas y una media mensual de 61.948 consultas.
El testimonio directo de los profesionales de la salud resulta clave para comprender tanto el auge como la escasez de este tipo de tratamientos. Concepción Bejarano Carmona, licenciada en Farmacia y diplomada en Enfermería, explica que la creciente demanda de este medicamento ha provocado su desabastecimiento, convirtiéndolo en un recurso cada vez más difícil de conseguir.
En esta familia farmacológica, Ozempic no está solo. Su pariente Saxenda, también desarrollado por Novo Nordisk, fue el primero aprobado en España para la pérdida de peso, recomendado para personas con un Índice de Masa Corporal de 40 o superior, según la Agencia Española del Medicamento (AEM).
Cada uno responde a una versión distinta de la misma inquietud:
¿Cómo mantener la imagen en la que más nos gusta vernos?
Y en paralelo, casi como una tradición estética que no pasa de moda, el Bótox sigue haciendo lo suyo. En 2022, más de 9 millones de personas acudieron a él para suavizar el paso del tiempo, según la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (ISAPS). Esta neurotoxina, elaborada por la bacteria Clostridium botulinum, actúa bloqueando los impulsos nerviosos que contraen los músculos, relajando el rostro, difuminando arrugas... por unos tres a seis meses, hasta que el espejo exija una nueva cita.
Porque, al igual que Sue, estos tratamientos también nos exigen un mantenimiento constante en forma de estabilizador temporal. Al menos, si queremos que aquella versión mejorada de nosotros se mantenga firme y sin ningún desperfecto aparente. ¿Sonaba demasiado idílico, no?
Cuando llega la semana de Sparkle, la delgada línea entre el esplendor y el desgaste se hace más evidente. En la película de Coralie Fargeat, Elizabeth se apaga entre sombras, postrada en aquel sofá de rincón, contemplando el éxito de Sue. Aguardando en silencio su regreso a la vida brillante, prestada por su “doble”. Metáfora potente, casi cruel, de este ciclo al que nos sometemos a la hora de adentrarnos con estos tratamientos: inyectarse juventud, brillar unos meses, apagarse… y volver a empezar.
Ya sea mediante un estabilizador extraído de la columna vertebral ajena o a través de una jeringa con semaglutida. Uno que se repite en clínicas, en baños privados y en los rincones más comunes del deseo humano. Porque, al final y como Sue, hasta lo más perfecto, necesita mantenimiento.
Sin embargo, ni los más jóvenes están exentos de esta pandemia estética. Ya no temen a monstruos ni zombis cubiertos de hongos: el verdadero miedo ha mutado. Ahora se esconde en algo íntimo y cotidiano: el temor a ser juzgados por su propia imagen. El verdadero terror se ha colado en el reflejo, en los selfie y aquellos ojos que nos observan desde el otro extremo de la pantalla. La belleza ya no se encuentra en el interior. Bueno, tal vez sí, pero en el interior de nuestras redes.
Según estudios de la emblemática marca de la paloma dorada, Dove, la mitad de los preadolescentes no se sienten conformes con su reflejo en las fotos. Los filtros ya son rutina para el 52% de las niñas. Y el 77% de los jóvenes, confiesa que, al subir contenido a sus redes, esconden partes de su cuerpo, como si esas zonas fueran errores de diseño que deben ocultar.
Las intervenciones estéticas en menores de edad han aumentado un 2%, y entre los menores de 29 años, la cifra alcanzó un alarmante 27,2% entre 2014 y 2018. La diversidad ha sido expulsada del ideal de belleza, y con ella, la posibilidad de aceptarnos tal como somos. Se ha impuesto un molde: delgado, terso y simétrico. Lo que no encaja, se corrige y oculta.
Desde la infancia, aprendimos que la fealdad equivale al mal. Disney nos lo enseñó con villanas de piel arrugada, cuerpos exagerados y voces rasposas que suplicaban a espejos mágicos que le susurraran lo bellas que eran. Úrsula, la gorda, la vieja, la diferente, no solo era la antagonista: era la advertencia. Y, así crecimos, deseando ser Ariel, temiendo convertirnos en otra cosa. Entonces, ¿para qué ser Elizabeth, si la ciencia nos promete ser Sue?
La desesperación por alcanzar ese estándar nos ha empujado una y otra vez a que sigamos modificándolo, como si al romperlo pudiéramos recomponernos en una nueva versión. Y como Dorian Gray, dejamos que el verdadero deterioro se esconda detrás del retrato. Como Sue, nos desdoblamos creyendo que podemos dejar atrás lo que somos y éramos. Pero nuestro cuerpo no olvida. Algún día, y ten seguro que ese día va a llegar, nos miraremos en el espejo, más cerca del Jorobado de Notre Dame que de Esmeralda. Más bestia que bella. Porque sí, nuestras decisiones arrastran consecuencias. Y romper los límites del cuerpo tiene un precio que no siempre estamos preparados para pagar si algo sale mal.
ELISASUE
LA MONSTRUOSIDAD TRAS EL CUERPO PERFECTO
Me dijeron que la posibilidad de que la operación saliera mal era como la que te tocara la lotería. Sin embargo, aquí estoy, esperando una tercera operación, rezando para que salga bien y vuelva a tener una vida normal.
MARÍA DEL MAR JARAMILLO
La distorsión de nuestro ser comienza en el lugar más implacable: la mente. Aquella de la que no podemos escapar, donde la voz interna nos reprocha con persistencia que no hemos hecho lo suficiente, que aún no somos dignos de gustarnos.
Una vez más, regresamos a aquel baño, listos para enfrentar la noche. Nos vestimos con decisión con nuestras mejores prendas. Cubrimos las cicatrices visibles de todo por lo que has pasado para estar ahí, con telas y polvos de color, dispuestos a fingir que, por unas horas, somos bellos. Pero no salimos. El espejo se convierte en un muro infranqueable. Ajustamos, corregimos y disimulamos. Otro trazo, otra capa y excusa. Y en esa resignación, abandonamos por completo cualquier intento de amarnos, incluso después de todo lo que hemos perdido por alcanzar lo inalcanzable.
No hay escena más terrorífica en esta historia que aquella que abandona la ciencia ficción para sumergirse en la cotidianidad de quienes sufren en silencio. El horror toma forma cuando Elizabeth se prepara para su cita con el único que le ha permitido sentirse deseada. Frente a su ventanal de enormes cristaleras, como un cruel recordatorio, se erige de nuevo Sue, símbolo inmutable del éxito y la juventud perdida.
Se maquilla con esmero, se viste con nostalgia, y por un instante fugaz, se redescubre hermosa ceñida en ese vestido rojo. Pero, justo antes de cruzar la puerta, aquel cartel la hiere de nuevo recordándole que ya no es quien fue. Corre de nuevo a aquel baño de los horrores, aplicando nuevas capas. Guantes, bufandas, maquillaje… Todo sirve para ocultar las grietas que el tiempo y sus decisiones conllevan, quedando en un ciclo cruel de autoexamen, midiendo su reflejo contra un ideal que no envejece.
Y en ese duelo con su imagen, nace el odio. La presión estética no solo hiere: deforma, corroe y silencia. Elizabeth, al borde del abismo, destroza su maquillaje en un acto de furia y renuncia. Deforma con sus manos el rostro que intentó reconstruir. Resignada en la oscuridad, esperando, no al amor, sino al recuerdo de lo que un día fue.
Pero esto no es solo cine. La realidad detrás de esta escena es estadística, y esta es devastadora. Los trastornos de conducta alimentaria, o TCA, afectan hoy a entre el 8% y el 10% de la población femenina, superando el 5% que se reportaba antes de la pandemia. La dismorfia corporal, silenciosa y voraz, afecta al 2,5% de la población, apareciendo con más fuerza durante la adolescencia. En total, alrededor del 9% de la población, más de 70 millones de personas, conviven con estos fantasmas todos los días.
Las secuelas no solo se limitan al ámbito psicológico, el cuerpo también paga un gran precio. Así como Elizabeth fue engullida por la maquinaria del perfeccionismo, Sue termina cediendo ante la misma espiral voraz. La matriz original, aquella estructura sobre la que se construyó, comienza a deformarse con una violencia grotesca: cada línea, pliegue y grieta revela una verdad que el maquillaje ya no puede cubrir. Lo que queda, es apenas un eco borroso.
Y entonces, la metamorfosis final llega. La monstruosidad, incubada entre expectativas y productos milagrosos, se materializa. Del cuerpo de Sue ya no emerge belleza, sino una criatura híbrida, una amalgama de carne y desesperación. Distorsión entre la perfección que todos exigían y el terror que nadie se atrevía a enfrentar. El rostro desfigurado, marchito por el uso compulsivo de aquella sustancia que prometía una versión superior. La promesa convertida en condena.
Las protagonistas de este film no necesitan más efectos especiales: su transformación remite al horror corporal de La Mosca de Cronenberg. Pero fuera de la pantalla, el horror es más sutil, más cotidiano. En la vida real, el monstruo no grita, no sangra… simplemente duele.
Medicamentos como Ozempic, también traen consigo un reverso oscuro. Náuseas persistentes, vómitos, parálisis estomacal o cálculos renales. Todo ello, junto a esa nueva expresión que ya circula como una advertencia velada: la “cara Ozempic”, caracterizada por el rostro fatigado. Y eso no es todo. Según la revista JAMA Ophthalmology, se ha detectado un posible vínculo entre estos tratamientos y la neuropatía óptica isquémica anterior, que puede afectar a la vista sin dolor y sin aviso. Visión borrosa, pérdida de contraste, alteración de los colores son algunos de sus efectos.
“A menudo, conozco pacientes que no sabían que este tipo de medicación podría causar hipoglucemia. Muchos no entienden lo que les está sucediendo y, por lo tanto, no saben cómo reaccionar. Esto puede ser peligroso, ya que algunos abandonan el tratamiento a mitad de camino, pensando que se sienten mal sin saber la razón exacta. Además de la hipoglucemia, existen otros efectos secundarios que pueden pasar desapercibidos, lo que hace aún más importante una correcta orientación y seguimiento por parte del farmacéutico.”
Por otro lado, la cirugía estética continúa su propio relato de riesgo. El conocido como “turismo estético”, peregrinación moderna en busca de cuerpos soñados a precios de ganga. En Estados Unidos, se estima que siete de cada diez procedimientos se realizan sin la supervisión de profesionales calificados. Y el 90% de los cirujanos plásticos especializados han tenido que reparar los destrozos que otros dejaron atrás.
En esta historia, el horror no se limita a los personajes de ficción. No son solo Elizabeth o Sue quienes se enfrentan a las consecuencias de su metamorfosis. En el mundo real, también hay testimonios de aquellos que día tras día luchan contra las secuelas de esta trampa disfrazada de promesa. Víctimas de una lotería trágica, donde el precio puede ser la aceptación y el castigo.
Uno de los casos más estremecedores en España fue el de Sara Gómez, mujer de 39 años que perdió la vida en 2022 tras someterse a una liposucción en una clínica privada de Cartagena. Su muerte sacudió a la opinión pública y desnudó la fragilidad del sistema que regula este tipo de intervenciones. De esa indignación nació la conocida como Ley Sara, aprobada en septiembre de 2022 como un intento de garantizar que la belleza no vuelva a cobrarse vidas.
También está María del Mar, de Zufre. Con 38 años y 177 kilos, decidió someterse a una operación de manga gástrica tras la recomendación médica, con la esperanza de recuperar su salud y algo de bienestar. Pero, lo que debía ser el inicio de una nueva vida se convirtió en una pesadilla interminable. Negligencias médicas la arrastraron a una existencia marcada por el dolor: comer, beber, vivir… se transformaron en actos casi imposibles. La operación no le quitó la vida, pero sí la que conocía. Desde entonces, espera, con paciencia herida, volver a sentir un destello, aunque sea mínimo, de aquella felicidad que perdió en la mesa de quirófano.
El drama no solo vive en el anonimato. También, las figuras públicas se convierten en espejos rotos de esta obsesión colectiva. Donatella Versace, convertida en emblema del exceso, ha sido objeto de burla y escrutinio por su transformación facial, símbolo de una búsqueda interminable por alcanzar lo inalcanzable. Lucas, del dúo Andy y Lucas, mostró su polémica “nariz en silla de montar” por una operación estética fallida y un mal postoperatorio. Zac Efron, el rostro deseado de High School Musical, desató oleadas de especulación tras aparecer con facciones irreconocibles tras un accidente, aunque muchos apuntaron a una intervención estética mal ejecutada. Estos rostros famosos, incluso el de la propia Demi Moore, se convierten en advertencias andantes, en testigos involuntarios de los riesgos de una industria que promete perfección y, a menudo, ruina.
Donatella Versace
Botox, rellenos faciales, cirugías como lifting facial y de párpados, implantes de pómulos, rinoplastía, lifting de cuello y carillas
Zac Efron
Cirugía reconstructiva para reparar la mandíbula tras una fractura ocasionada por un accidente doméstico.
Lucas (Andy y Lucas)
La nariz en silla de montar es una condición médica que se presenta cuando se produce un colapso del puente nasal.
Michael Jackson
Se realizó varias rinoplastias para afinar su nariz, además de un implante de mentón y modificaciones en los pómulos y párpados.
El idioma de entrar como consumidora de clínicas estéticas es que una vez que tú ya eres clienta o cliente, tú ya pasas a un banco de datos y te van a bombardear con esa publicidad, y todo el lenguaje es: Puedes tener tu mejor versión de ti en lo físico y ¿a qué esperas? Lo único que te falta es dinero, porque si tú tienes dinero, tú puedes alcanzar la mejor versión de ti física. Entonces entendemos a Carmen Lomana y entendemos a cualquiera que haya llegado ahí.
MARÍA VALLEJO GUARDIOLA
Y, entonces, el telón cae por última vez. Elizabeth pisa el escenario para su gran noche. Pero, ya no hay ovación. Solo un silencio brutal, seguido por el grito de “¡Monstruo!”. El caos estalla. Algunos huyen horrorizados. Otros la atacan, como si quisieran destruir lo que ellos mismos ayudaron a crear. Lo que debía ser una consagración se convierte en una escena macabra, un recuerdo infame del trágico baile de graduación de Carrie. Es el clímax de una tragedia y el recuerdo del momento de exposición tras el desperfecto causado por la intervención. El juicio final dictado por la misma sociedad que la moldeó, que la empujó a romperse para ser amada y ahora la señala como aberración.
Todas esas Elizabeth, rotas y deformes, gritan al unísono. Ruegan ser vistas y reconocidas. Porque detrás de cada cicatriz, aún queda una mujer que solo quiso encajar. Pero, ya nadie escucha.
Este relato no es pura ficción. Refleja la amarga realidad de miles de personas que recurrieron a la cirugía estética, al pinchazo reparador o el remedio milagroso, para cumplir con un canon, cada día más imposible. Mujeres que, al envejecer, son presionadas para modificar sus cuerpos en nombre de la aceptación. Y, cuando lo hacen, son nuevamente juzgadas con el punzante “estaba mejor antes”, olvidando que fueron esas mismas bocas las que despreciaron cada arruga e imperfección.
La sangre de esa grotesca escena final deja un mensaje claro y contundente: todos somos partes del problema. La Sustancia, consagrada como un nuevo clásico del cine de terror moderno, no es solo un reflejo de la cultura que habitamos; es un grito disfrazado de relato, una denuncia del horror cotidiano que pasa desapercibido. Ese culto al cuerpo que nos susurra, que no somos suficientes, que debemos seguir moldeándonos, cambiar, adelgazar, retocarnos, borrar las marcas del tiempo. Y, sin embargo, en su brutal honestidad, nos enfrenta a una verdad irrefutable: no hay cirugía, ni dieta, ni tratamiento que detenga lo inevitable. La juventud eterna no existe.
Y entonces, la pregunta final queda suspendida en el aire junto a aquel desolador final, sin paseos de la fama ni estrellas que luchan por brillar:
¿Estamos dispuestos a pagar el precio para conseguir la mejor versión de nosotros mismos?











